sábado, 7 de noviembre de 2009
DE LA FORMA EN QUE CONOCÍ A BORGES
Rara vez la vida proporciona oportunidades al común de las personas para conocer gente interesante y en muy contadas ocasiones los pone en el camino de personajes geniales. En mi caso, a mediados de la séptima década del siglo XX la diosa Fortuna dispuso que una de esas singulares ocasiones ocurriera.
Como era mi costumbre todas las tardes iba a tomar el té al entonces lugar de moda, el Hotel Cesars de Miraflores. Serían las cinco de la tarde. Siempre llegaba a las cinco de la tarde. Y así, dueño de mi pequeño mundo ingresé por la puerta principal del lujoso hotel mientras un portero enorme, elegantísimo, con pantalones y zapatos de charol color negro, levita color rojo incendio, lentes con marcos de metal dorados y a modo de sombrero llevaba en la cabeza un anacrónico tarro del mismo color de su corbata y zapatos. El portero tomó la manilla dorada de la puerta de cristal y yo hice mi entrada que, hasta aquel día, había juzgado triunfal.
Parado en el centro del foyer con el propósito de ver y ser visto, de pronto la mirada, como era mi costumbre, se detuvo en la pared de la cual colgaba un enorme y apaisado cuadro al óleo de la escuela pictórica cuzqueña, cuyo motivo era el matrimonio de la Virgen María y San José. Las santas figuras están retratadas bajo el palio nupcial y un rabino de gentil expresión preside la ceremonia. Y debajo del cuadro, para mi enorme sorpresa, estaba sentado Jorge Luis Borges en una banca colonial de madera.
Un frío sudor recorrió mi espina dorsal y de inmediato retrocedí en dirección a la puerta de salida, pero siempre manteniendo la vista sobre la máxima figura de las letras hispanoamericanas. Cuando sentí el frío del viento que entraba por la puerta que de pronto me daba acceso a la calle, paré en seco. No, me dije, esta es tal vez mi única oportunidad de conocer al autor de El Aleph, aquel libro de cuentos que tiene su lugar en mi velador y al cual acudo todas las noches, cual sacerdote acude a su breviario antes de dormir.
Ya ubicado tras una columna, asomando media cabeza comprobé que mi héroe aún permanecía sentado en la banca. Estaba, como era su costumbre, elegantísimo. Vestía un terno color beige, de tela media estación, de confección italiana y una corbata de seda color marrón. El poeta estaba correctamente peinado y con las dos manos posadas sobre su bastón. Sin duda el descendiente de Homero estaba a la espera de su acompañante. Para ese entonces el mundo literario conocía de la confianza que Borges había depositado en su secretaria y acompañante: María Kodama. Tal vez el poeta se había vestido antes y en la inquietud que siempre provocan los cuartos de hotel -por elegantes y cómodos que puedan resultar- había solicitado bajar al lobby, aunque fuera para oír el ruido de los pasajeros que entraban y salían.
Él no podía ver y yo no me atrevía acercarme para hablar. Tenía tantas preguntas que hacer. Pero mi timidez me lo impedía. En aquel momento me odiaba. En silencio me lancé cuanto insulto se me vino a la cabeza para armarme de valor. Habré pasado una hora en ese estado hasta que por fin reuní el valor que desconocía carecer.
Salí detrás de la columna y mis pies se dirigieron hacia él, con la inseguridad propia de un bebé que camina de los brazos de su madre a los de su padre. Durante la lenta travesía miles de ideas y temas revolotearon en mi cerebro. Cuando estuviera al lado del maestro, ¿qué le diría? ¿Debía hablar mucho o poco? ¿Me contestaría?
De pronto, cuando estaba a medio camino, sentí el inconfundible ruido de la puerta del ascensor. Paré abruptamente y volví la cabeza. María Kodama salía del elevador y con alacridad fue en busca del maestro. Le bastaron tres pasos para estar a su lado. Le dio un beso en la mejilla y le dijo que debían apurarse, que los esperaban. El Poeta se puso de pie, le tomó el brazo y enrumbaron a la puerta. De pronto Borges paró y volviendo la cabeza hacia mí, dijo: qué lástima que no alcanzáramos a hablar, me hubiera gustado tanto.
martes, 3 de noviembre de 2009
lunes, 2 de noviembre de 2009
La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas"
"Internet lo hace mejor", dice Francesco Tonucci
Lunes 29 de diciembre de 2008 |
Tonucci: "La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas"El pedagogo italiano no cree en la doble escolaridad Foto: Archivo
Agustina Lanusse
Para LA NACION
"La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet." La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? "Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo", responde.
Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar.
"Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios", explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad
de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres. Tonucci llegó a la Argentina por 15a. vez, invitado por el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, a quien definió como "un lujo de gobernante".
Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar.
Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima", explicó.
Recomendó que "las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos".
Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. "¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho", es parte de su decálogo.
De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños.
-¿Cómo concibe usted una buena escuela?
-La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que "llenar" porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo.
-¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos?
-En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica.
-¿Qué recomienda?
-Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible.
-¿Cuál es rol del maestro?
-El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera.
-Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué?
-Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas.
-¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station?
-El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo.
-¿Es positiva la doble escolaridad?
- En Italia llamamos a este fenómeno "escuelas de tiempo pleno". La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos: a instruirse y a jugar. Deberíamos defender el derecho al juego hasta considerarlo un deber.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1085047
"Internet lo hace mejor", dice Francesco Tonucci
Lunes 29 de diciembre de 2008 |
Tonucci: "La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas"El pedagogo italiano no cree en la doble escolaridad Foto: Archivo
Agustina Lanusse
Para LA NACION
"La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet." La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? "Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo", responde.
Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar.
"Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios", explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad
de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres. Tonucci llegó a la Argentina por 15a. vez, invitado por el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, a quien definió como "un lujo de gobernante".
Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar.
Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima", explicó.
Recomendó que "las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos".
Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. "¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho", es parte de su decálogo.
De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños.
-¿Cómo concibe usted una buena escuela?
-La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que "llenar" porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo.
-¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos?
-En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica.
-¿Qué recomienda?
-Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible.
-¿Cuál es rol del maestro?
-El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera.
-Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué?
-Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas.
-¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station?
-El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo.
-¿Es positiva la doble escolaridad?
- En Italia llamamos a este fenómeno "escuelas de tiempo pleno". La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos: a instruirse y a jugar. Deberíamos defender el derecho al juego hasta considerarlo un deber.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1085047
Francesco Tonucci
Francesco Tonucci
“La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet… Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo”.
“La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet… Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo”.
viernes, 30 de octubre de 2009
El arquero
El arquero
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es uno solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos. Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es uno solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos. Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.
jueves, 29 de octubre de 2009
En recuerdo de una mujer muerta
ROSA MONTERO 03/12/2006
Te voy a hablar de una escritora formidable: Irmgard Keun. Seguramente no la conoces. Yo tampoco tenía la menor noticia de su existencia hasta que hace poco cayó en mis manos un libro suyo, La chica de seda artificial, publicado en España por Minúscula (qué estupenda editorial) hará un par de años. Es evidente que aquí la obra pasó bastante inadvertida, aunque es una novela en muchos sentidos extraordinaria. En primer lugar, Irmgard la publicó en 1932, a la asombrosa edad de 22 años. La escueta información de la solapa dice que la escritora nació en Berlín en 1910 y murió en Colonia en 1982. Que fue una autora de éxito durante la república de Weimar y que luego, en 1933, sus libros fueron secuestrados por los nazis y Keun tuvo que exiliarse y más tarde pasar a la clandestinidad. La breve nota termina diciendo que, durante los años ochenta, los lectores alemanes redescubrieron sus obras. Cosa que no debió de servirle de mucho, porque para entonces ya estaba muerta. Escalofría ver resumida en siete líneas toda una vida probablemente tremenda.
Si los nazis secuestraron “sus libros” en 1933 es que Irmgard ya había publicado varias obras a la tierna edad de 23 años. Y también para entonces ya había sido famosa. Nuestra sociedad, tan despepitada por la fama inmediata, debería aprender de estas lecciones históricas: ser famoso es bastante fácil, lo difícil es que esa fama perdure a través del tiempo. Pasan los años, pasan los siglos, pasan las épocas, y hasta aquellos individuos que se creyeron más grandes y gloriosos se borran para siempre de la memoria. El ruido de los antiguos imperios al derrumbarse no es más audible que el de la caída de una hoja en otoño.
Dice la escritora italiana Dacia Maraini que las mujeres han conquistado visibilidad literaria, que publican y venden igual que los hombres o más, pero que cuando las mujeres escritoras mueren, mueren para siempre, porque no son recogidas en las antologías ni las enciclopedias. Creo que las cosas están cambiando mucho últimamente (de ahí la recuperación de Keun por los lectores alemanes en los ochenta), pero es probable que el sexismo que denuncia Maraini contribuyera a que Irmgard fuera olvidada en vida tan rápidamente. Resulta inquietante que sucediera así, porque es una escritora maravillosa. La chica de seda artificial es un libro poderoso que retrata la paupérrima y humillada Alemania de los primeros años treinta. Todo ello a través de la narración de una joven alocada, conmovedora e inculta que intenta simplemente sobrevivir (y entre sus estrategias está la de que los hombres la inviten a comer): “Charlamos en un restaurante, y no me quedó más remedio que beber vino, aunque por el mismo precio hubiera preferido comer algo”, cuenta la protagonista de Keun en su novela: “Pero así son ellos: sueltan encantados grandes sumas por la bebida, pero les parece que te aprovechas si tienen que pagar una módica suma por comer, porque la comida es necesaria y la bebida superflua y en consecuencia más elegante”.
Qué talento el de Irmgard: su estilo es económico, preciso, exacto, contundente como un puñetazo en la barbilla. Y luego hablan de la originalidad de Hemingway (un autor a mi modo de ver sobrevalorado). Déjenme copiar otro breve fragmento de este libro. La protagonista no tiene a donde ir, y un taxista le permite dormir dentro del coche (“sin pedirme nada a cambio”) mientras no venga ningún cliente. La chica dormita unas pocas horas y despierta al amanecer:
“–Gracias –dije al taxista y le tendí la mano sudada por el calor.
–Buenos días –dijo sin cogerla.
Me fui. Él estaba completamente encerrado en sí mismo y el agradecimiento ya no le hacía mella. Entonces supe que es una cuestión de suerte coincidir con una persona en los tres minutos diarios en que es buena.”
¿Fue buena persona Irmgard Keun, más allá de esos tres minutos diarios? A juzgar por su novela, fue una mujer que ya a los 22 años conocía asombrosamente bien el corazón humano. Fue una gran escritora, fue famosa, fue olvidada, vivió, gozó, sufrió y murió. ¿Cómo puede alguien ser tan ignorante o tan pretencioso como para aspirar a la posteridad? Todo pasa, todo se olvida y se acaba, tanto lo bueno como lo malo. Lo cual, en alguna medida, es un alivio.
sábado, 10 de octubre de 2009
Para ser un buen lector, una buena lectora, ¿qué puedes hacer?
1.- Todos los días, resérvate un rato para leer.
Después de merendar, antes de dormir... ¿Cuál es tu momento preferido? Hay tiempo para todo: para jugar, para estar con los amigos, para leer, para estudiar...
Organízate bien y no te olvides de reservarte el momento que más te guste para leer tus libros favoritos.
2.- Busca cualquier disculpa para que te lean y te cuenten cuentos.
¿Te gusta que te cuenten historias? ¿y que alguien lea en voz alta? Busca la mejor ocasión para pedir a tus padres, a tus abuelos, que te cuenten todas las historias que conocen ¿o prefieres que te lean cuentos?
3.- Visita la librería y bibliotecas más próximas.
¿Conoces la biblioteca más cercana? ¿Y la librería? ¿Por qué no pides a tus padres que te acompañen? Allí te enseñarán las últimas novedades y te recomendarán libros sobre tus temas favoritos. Además, puedes hacerte. El carné de lector. ¿O lo tienes ya?
4.- Fíjate bien en cómo leen las personas mayores.
¿Te has dado cuenta de todo lo que hacen los mayores mientras leen? ¿Has visto lo bien que lo pasan leyendo? Cuando lean tus padres, tus hermanos, tus abuelos... no te pierdas ningún detalle.
5.- No te quedes con ninguna duda.
Siempre que estés leyendo, a solas, o con tus padres, o en el cole, no te quedes con ninguna duda. Si no entiendes algo, pregúntalo. Los mayores saben muchas cosas que pueden ayudarte. Ellos sí que son buenos lectores.
6.- Si te apetece leer, lee. No te distraigas con otras cosas.
¿Hay veces que tienes unas ganas irresistibles de leer? No lo dudes: apaga la tele, prepara tu sitio preferido y ponte a la labor. ¡Eso sí que es emocionante!
7.- Pide consejo: a tus padres, a tus profes, al bibliotecario, al librero...
Si no sabes qué leer, si te has atascado con algún libro, pide ayuda. Tus profesores, tus padres, el librero o el bibliotecario de la zona, algún amigo a amiga..., seguro que a ellos se les ocurren muchas ideas.
8.- Aprovecha cualquier ocasión para leer.
Cualquier motivo puede ser bueno para conseguir Los mejores libros: cuando prepares tus vacaciones, cuando quieras aprender cosas nuevas, cuando te apetezca leer las historias más fascinantes...
¿Por qué no das ideas a tus padres para que te regalen más libros?
9.- Piensa que tus amigas, amigos, son los mejores compañeros de lecturas.
¿Has intercambiado alguna vez libros con tus amigos? ¿Habéis jugado a contaros historias: las más misteriosas, aventuras, inquietantes, divertidas?
Hay juegos basados en libros que puedes organizar: disfrazarse, una obra de teatro, hacer títeres... Pruébalo y verás qué buen resultado.
10.- Organiza bien tu biblioteca.
¿Tienes tus libros ordenados? ¿Has reservado algún lugar especial para guardarlos?
Consulta a tus padres: seguro que ellos pueden ayudarte a ordenarlos, a arreglar los que se han estropeado, a decorar tu biblioteca......
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