lunes, 26 de diciembre de 2011

ELVIRA LINDO Conversación

ELVIRA LINDO
Conversación
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ELVIRA LINDO 16/11/2011

Tanto amor por los libros, dice tener, aunque eso no implique respeto a quien los crea. No me refiero solo respeto hacia quien de manera insensata y disciplinada se empeña en inventar historias, sino a quien las corrige, diseña las portadas, al ilustrador, al editor, y sí, al empresario. Cuánta preocupación por el futuro de los libros quiere mostrar mi interlocutora al preguntarme, poniéndome la mano sobre el brazo como si me anticipara un pésame, por el libro electrónico. Yo le contesto, con cierto desapego, huyendo de consideraciones lapidarias, que estoy segura de que los dos formatos serán compatibles, que hasta que no se demuestre lo contrario la industria editorial española está haciendo frente a la crisis con dignidad, y que solo los que hablan sin saber ignoran que la cultura es uno de los potenciales económicos de un país como el nuestro, tan carente de otras fuentes de riqueza.

La veo decepcionada, como a otros periodistas le gustaría que yo hubiera optado por ese discurso apocalíptico que tanto se celebra en las redes sociales. Pero no. Prefiero decepcionarla. Hasta que no se demuestre lo contrario hay un montón de gente ahí abajo, en el metro, sumergiéndose en libros tremendos de camino al trabajo. ¿Es ese el fin de la literatura? Lo dudo. El asunto del fin de la literatura es un recurso al que de tanto en tanto echan mano los suplementos culturales para llenar espacio. He dicho.

La conversación se centra ahora, por fortuna, en libros concretos y no en conceptos abstractos. Es entonces, cuando esta madame Bovary de nuestros días me habla de las novelas (no diré títulos) que se ha descargado gratis: "tampoco [dice en un tono de cariñoso desprecio] merecían tanto la pena como para comprarlas". Personas como tú, pienso yo, son las que me vuelven catastrofista. Y no se lo digo, pero se lo pienso en su misma cara.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Cuál es tu librería favorita? Quim Gutiérrez, Santiago Auserón, Kirmen Uribe y otros artistas nos desvelan las suyas


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EL PAÍS - Madrid - 25/11/2011

Quim Gutiérrez (actor): "Una de mis librerías favoritas es Panta Rhei, en Madrid, queda cerca de mi casa. No suelo comprar libros de lectura, más bien de fotografía. Lo último que he comprado allí han sido unos de Charley Harper, un ilustrador estadounidense que hace libros para niños. Soy un nostálgico del papel, me gasto mucho dinero en revistas, libros,... así que los primeros meses, al llegar a Madrid, aunque suene muy cutre goglee librerías de diseño en Madrid. Empecé por Graphicbook y la tercera que encontré fue Panta Rhei y allí me quedé".

Martín Caparrós (escritor): "Cuando vivía en España, iba mucho a la librería Antonio Machado, en la calle Fernando VI de Madrid. Solía quedar con Miguel Hernández y nos sentábamos allí a charlar. Me gustaba el hecho de que fuera una librería auténtica, con casi todos los libros posibles y un hombre, el librero, que se los conocía prácticamente todos. Además es una figura que me fascina porque está en vía de extinción: en vez de tantas mariposas, a lo mejor deberían protegerles a ellos. ¿Qué si acaba comprándome muchos libros? La verdad es que no. Me lo pensaba varias veces ya que por entonces no tenía tanta pasta. A veces más bien los robaba, pero en la Antonio Machado nunca. De todos modos, hará unos dos o tres años que no voy. Eso sí, intento volver siempre que paso por Madrid.

Santi Balmes (cantante de Love of Lesbian): "Mi favorita es Laie, es una librería en la que he tenido encuentros muy buenos con amigos de la infancia, de profesión,... En Laie he comprado a Murakami, Josep Pla, Diario de un genio de Dalí, a Milan Kundera,... Está muy bien situado, cerca de la plaza de Catalunya, en una calle por la que paso bastante. Me acuerdo que cuando la descubrí me sorprendió porque era el primer híbrido de librería, cafetería y restaurante que conocía, un rollo que me gusta mucho".

Santiago Auserón (músico): flamante premio Nacional de Músicas Actuales, dice que, en Madrid suele "ir a las librerías Machado y en Barcelona a Documenta y La Central, que está en el barrio de El Raval. En ellas ha establecido "a lo largo de los años una relación con los libreros y les pido libros". "La Central es más impersonal porque es grande y así miro novedades. Mientras que en Documenta y las Machado les pregunto y les encargo títulos". El exlíder de Radio Futura lee últimamente "muchos clásicos, poesía del Renacimiento, como Fernando de Herrera y Francisco de Aldana, y bastante teatro, Lope de Rueda y Calderón". Auserón señala que en cuestiones de lecturas va "por rachas". "De repente me da por Balzac o Galdós y leo varias obras de ellos". También, debido a la tesis que prepara, lee "ensayos sobre la música y los griegos". Por último, también pide obras sobre "la negritud y su influjo en la música española" porque está "escribiendo un libro" sobre ese asunto.

Nacho Umbert (músico): "Una de mis librerías favoritas de Barcelona es Laie del museo CaixaForum, en especial por sus libros de diseño, fotografía y arquitectura. Está ubicada en un espacio magnifico, una librería de interior dentro de un museo, con vocación de espacio abierto. Laie está metida en un hall con una gran altura, con falso techo de lámparas con una doble función: iluminar y poner un límite a la altura. Otra de mis librerías favoritas es Tipos Infames en Madrid estuve hace poco, hice un concierto allí y me encantó la mezcla de libros y copas de vino, incluso gin tonics. Me gusta porque es blanca, está en Malasaña, y por el trato que tienen con la gente. Es la antítesis de la anterior. Tipos Infames es una librería como las de antes, pero con libreros más jóvenes".

Andrés Trapiello(escritor): "Librería Alberti y Antonio Machado. Son librerías en las que secombinan la amistad y la literatura. Son dos lugares que hacen posible el hablar de libros, instauran la teoría de las cerezas, es decir, que un libro nunca viene solo, te lleva a otro o viene con otro distinto. Y los ves físicamente. Eso es siempre fundamental: hay que saber cómo visten los libros (la ropa de un libro dice mucho de él, bueno y malo, y esto no tiene que ver con caro o barato). Y la persona que te ayuda a esto es el librero o la librera, con los que se establece esta especie de cadena orgánica que hace que no sea posible nunca un libro solo, sino muchos. Hace 30 años que las visito, son parte de mi vida, como la panadería".

Kirmen Uribe (escritor): "En Bilbao me gusta la librería Cámara porque tiene mucho gusto a la hora de elegir los libros, son muy cercanos y muy leídos. Cuando voy a Barcelona me gusta ir a La Central y a Laie. Estas tres librerías no son muy diferentes entre sí: están regentandas por personas a las que le gusta a la literatura, libreros de siempre que te asesoran. Me gusta pasar mucho rato y mirar los libros, que me dejen en paz, estar a mi aire. Son lugares de encuentro, nada fríos, donde te puedes relacionar con el librero, hablar con él de la literatura y de la vida".

Isabel Muñoz (fotógrafa): Admite que compra más a través del Kindle, "por leerlo en formato PDF", pero cuando se trata de libros de fotografía su favorita es Kowasa, en Barcelona, "la mejor de España, que además es muy recogida y pequeña". También, Railowski, en Valencia y La Fábrica, en Madrid. "Para libros de viajes, cuando tengo que documentarme opto por Altair y De Viaje (Madrid). A esta fotógrafa le "encanta la cocina", así que también se pierde horas entre los estantes de gastronomía del FNAC. "Me siento ahí muy cómoda". Y una añoranza: "Me encantaba Crisol". Muñoz deja claro que para ella es muy importante el librero "la parte humana".

Miguel Gallardo (ilustrador): "Una librería que me impresionó mucho fue Strand, de libros usados, en Nueva York Strand. Tres plantas a rebosar de libros, con una parte de libro gráfico con recopilaciones del New Yorker y otros dibujantes a tres dólares. La descubrí la primera vez que fui porque me la recomendaron. La otra que me gusta es Documenta, una librería pequeñita, en el barrio gótico de Barcelona. Cuando piensas que va a cerrar sigue ahí. Es un lugar muy agradable, si te pilla de paso siempre hay un ambiente muy tranquilo".

Guillermo Galván (Vetusta Morla): "Mi librería preferida es Bajo el volcán, en Madrid. Conozco a Fernando, su dueño, desde que trabajaba La Aguja, un bar mítico de Lavapiés donde sólo pinchaban vinilos. Hace más de un año cambió la barra por el mostrador de esta encantadora tienda de discos, libros y dvd. Es pequeña, decorada con estructuras de acero de Sergio Fernández, gran escultor y chinasky. Se puede encontrar novela, poesía y ensayo. Me gusta mucho su colección de cine. Si no lo tiene, lo pide y te lo pueden enviar a casa. Los cafés se toman en el bar de enfrente".

sábado, 5 de noviembre de 2011

La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita

La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años había dibujado a un mago que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo había hecho Richardine a su paso por el salón Olympla. La secuencia gráfica empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza sangrante y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza puesta. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero sólo las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar cuentos dibujados y sin diálogos. Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

A los niños se les cuenta un primer cuento que en realidad les llama la atención, y cuesta mucho trabajo que quieran escuchar otro. Creo que éste no es el caso de los niños narradores, y no fue el mío. Yo quería más. La voracidad con que oía los cuentos me dejaba siempre esperando uno mejor al día siguiente, sobre todo los que tenían que ver con los misterios de la historia sagrada.

Cuanto me sucedía en la calle tenía una resonancia enorme en la casa. Las mujeres de la cocina se lo contaban a los forasteros que llegaban en el tren -que a su vez traían otras cosas que contar- y todo junto se incorporaba al torrente de la tradición oral. Algunos hechos se conocían primero por los acordeoneros que los cantaban en las ferias, y que los viajeros recontaban y enriquecían.
GABRIEL GARCÍA MARQUEZ
Vivir para contarla

sábado, 15 de octubre de 2011

LOS LIBROS DE MI VIDA NO FORMAN UNA BIBLIOTECA BIBLIOTECA PARTICULAR | Por Félix Romeo

Para la Biblioteca Particular de Eñe 8 | Familias le pedimos a Félix Romeo un ensayo dedicado a sus libros, que según él «no forman una biblioteca». Aquí lo reproducimos a modo de homenaje.
(10.10.11)
LOS LIBROS DE MI VIDA
NO FORMAN UNA BIBLIOTECA
BIBLIOTECA PARTICULAR | Por Félix Romeo
El artículo que da origen a este artículo
Rafael Reig me envía un correo en el que me dice: «Eñe tiene una sección que se llama Biblioteca Particular, donde en cada número un escritor (o no escritor) cuenta cómo es su biblioteca, los libros que tiene, cómo los tiene, cualquier cosa sobre la biblioteca. Me preguntaron quién podría hacerlo y yo, que acababa de leer un artículo tuyo sobre el desorden de tu biblioteca, sobre lo que tardabas en encontrar un libro, etc., pues dije tu nombre».
Para que comiences a leer como Rafael Reig, pongo el artículo, que apareció en ABCD de las Artes y las Letras y que se llamaba Orden:
Vivimos en un almacén de libros, más que en una casa. Tenemos que caminar con cuidado para que las torretas de libros, que crecen en equilibrio inestable desde el suelo hasta el techo, no se desplomen. A menudo, tiemblan. La pregunta más frecuente de nuestros amigos es: ¿sabéis cuántos kilos aguanta la estructura de la casa? Vienen con temor. Más que miedo a la muerte es miedo a una muerte ridícula: aplastamiento de libros.
Baroja decía que no conocía a un escritor que tuviera la biblioteca ordenada y al que le fueran mal las cosas. Quería transcribir aquí la frase, y me he puesto a bucear en los montones. Creía que la había leído en La decadencia de la cortesía, recopilación de artículos que se publicó «Pro Premio Nobel de Literatura 1956». Baroja no ganó el Nobel de 1956, ni nunca: murió ese año, en octubre, cinco días después de que se lo concedieran a Juan Ramón.
Tras horas de búsqueda, enterrado en una pila llena de viejuces, junto a dos de sus novelitas y encima de un libro de Hamlet Gómez, ha aparecido La decadencia de la cortesía y no tiene ningún artículo sobre escritores y bibliotecas.
El mejor texto sobre el orden de los libros es de Georges Perec, se llama Notas breves sobre el arte y el modo de ordenar libros, de Pensar/Clasificar. Dice que los libros pueden ordenarse de muchas maneras... pero que ninguna es satisfactoria.
Lo que más me gusta del artículo de Perec es descubrir que también tenía los libros en pilas, que casi las tres cuartas partes de sus libros jamás estuvieron clasificados y que a veces pasaba tres horas buscando un libro, sin encontrarlo. Como me pasa a mí, en este almacén de libros que es nuestra casa.
Trampa
Te confieso que en el artículo anterior hice una trampa: fingir que no sabía en qué libro hablaba Baroja sobre las bibliotecas de los escritores. Escribió en Juventud, egolatría: «Casi todos los que tienen su pequeña biblioteca, con los libros ordenados, con anotaciones, casi todos hacen su camino en la vida».
Otro artículo
Estaba escribieno sobre la trampa de Baroja y me he acordado de otro artículo que escribí sobre librerías, y que encaja aquí como un guante. Lo publiqué en Heraldo de Aragón, en marzo de 2005:
Libros como respiradores artificiales
Llevo unas semanas que no se me va de la cabeza la Librería Pérez de El Tubo. La echo de menos. Me gustaría que todavía siguiera abierta. Me gustaría cruzar su puerta desvencijada de madera. En el lugar en el que estaba la Pérez hay ahora un inmenso solar. La Pérez tenía el suelo de madera. Siempre había unos cuantos gualtrapas mudos husmeando en los libros viejos de la Pérez. Más que libros viejos eran restos, saldos llegados de los almacenes, la última oportunidad. En la Pérez se saldó, hasta agotarse, toda La Gaya Ciencia, la editorial de Rosa Regàs en la que publicaba Benet. A Benet le encantaba Zaragoza, y quizá por eso sus libros fueron a parar a la librería Pérez. Decía Benet a Martínez Sarrión: «Admira el brillo mate de esas cúpulas, con el padre Ebro lamiendo los pies de la recia, de la invicta Diosa».
Un librero de viejo de Madrid me preguntó si había librerías como la suya en Zaragoza. Un cliente suyo se iba a vivir a Zaragoza por motivos laborales y estaba preocupado por si no podía comprar libros viejos. Le dije que sí, y que había dos rastros con libros los domingos. El librero no anotó nada, pero se quedó convencido de que podría consolar a su cliente. Y entonces, mientras el librero me ofrecía libros viejos desmochados, me vino a la cabeza, como un trallazo, el recuerdo de la Pérez.
Me acordé del olor, del ruido de la puerta, de las mesas cargadas y del movimiento de las estanterías, nada estables, de los libros que compré y de cómo los devoraba tumbado en la cama, de los libros de La Gaya Ciencia y del Club Bruguera, tapa dura y colores chillones, que ocupaban una mesa en el fondo y que me hicieron un lector desordenado y apasionado.
Me vi, como si espiara al adolescente que fui, una Sophie Calle retroactiva, caminando por El Tubo de la Pérez a la de Inocencio Ruiz. Llevaba un gabán negro, que rozaba el suelo. En la de Inocencio sufría, porque no sabía nada de cómo eran los libreros de viejo, de sus manías y de sus costumbres. Y no sabía nada de Inocencio. Me gustaban la escalera de su librería y su enorme máquina de escribir, en la que a veces lo encontraba golpeando con fuerza las teclas. A diferencia de José Luis Melero, como relata en Leer para contarlo, apenas aprendí nada con los libros que compré en la librería de Inocencio, porque fueron pocos, y mis recuerdos tienen más que ver con el ambiente, maravilloso, que con la lectura.
Estaba en Madrid, pero realmente estaba en Zaragoza, veinticinco años atrás, en un día de invierno y con lluvia, husmeando en las baldas de la Pérez. Pensando en la mirada torva de Inocencio cuando me viera atravesar la puerta.
No sé cómo describir un olor. No basta con decir húmedo o profundo. Y mucho menos sé cómo describir lo que sentía cuando ojeaba y tocaba un libro: todavía sigo sin saberlo. Sé que en esos instantes me estaba transformando, algo parecido a lo que le sucedió a Peter Parker cuando le picó una araña.
Tres libros dedicados comprados en librerías de viejo
La casa de la araña, dedicado por Paul Bowles a Ángel Vázquez. En el Rastro de Madrid.
Museo de cera, dedicado por José María Álvarez a Francisco Umbral. En una librería de Majadahonda.
A Wave, dedicado por John Ashbery a Rafael Conte. En La Celestina.
El libro más antiguo dedicado
Poesías, de Gaspar Bono Serrano. Madrid, 1950. En la dedicatoria: «Al Excmo. Señor Don Juan Nicasio Gallego en muestra de estimación y respeto, el Autor».
El libro dedicado que más me divierte recordar
Dibujos animados, dedicado por mí a Silvia Bastos, que durante un tiempo fue mi agente literaria. Lo compré en la Librería Taifa, de Barcelona.
Un libro perdido
Encontré uno de los libros de Emilio Adolfo Westphalen, Arriba bajo el cielo, en un peligroso mercado de Lima. Conseguí que Teresa me acompañara al Hospital. Era un edificio de aire colonial. La habitación de Westphalen estaba en un ala de una galería acristalada. Cuando entré en su habitación, me pareció que entraba en un terrario. Miré al suelo para ver si había serpientes, pero no las vi. La enfermera nos dijo que el señor Adolfo se había despertado esa mañana de buen humor, pero que ya casi nunca hablaba. Westphalen estaba echado en la cama. Me miraba como si tratara de encontrarme en su memoria líquida. Un minuto después, dejó de mirarme: no era nadie.
Le conté que nos habíamos conocido en la Residencia de Estudiantes. Parpadeó. Y durante unos segundos volvió a mirarme tratando de conectar mi cara con su historia.
Las paredes de la habitación estaban llenas de fotografías.
La enfermera nos dijo que al señor Adolfo le gustaba que le vinieran a hacer compañía.
Saqué Arriba bajo el cielo y se lo di. Lo sujetó y lo miró, y luego lo abandhttp://www.blogger.com/img/blank.gifonó sobre la cama. Cerró los ojos y se durmió.
La enfermera me dijo en voz muy baja que él lo firmaría en cuanto tuviera un poco más de ánimo. Apuntó mi nombre en una hoja, que dobló y metió dentro del libro.
Al día siguiente, yo volvía a Madrid. Teresa me dijo que volviera al hospital a recoger el libro. Westphalen murió mientras mi avión cruzaba el Atlántico.
No sé si llegó a dedicar ese libro.
(Si consigues este ejemplar, dímelo.)

http://www.revistaparaleer.com/noticia/2011/10/10/adios-amigo-felix

sábado, 1 de octubre de 2011

Placeres de la lectura Alberto Manguel

Mi biblioteca es una suerte de autobiografía. En la proliferación de anaqueles hay un libro para cada instante de mi vida, para cada amistad, para cada desilusión, para cada cambio. Jalonan mis años como esas piedras blancas que marcan la ruta de un peregrino. Una anotación en el margen, una mancha de café, un olvidado boleto de tranvía sirven para señalar antiguos aniversarios. Mi ejemplar de Don Quijote (en dos volúmenes, editado por Isaías Lerner y Celina S. de Cortázar, con ilustraciones de Roberto Páez, publicado por la querida y llorada Eudeba, víctima como tantas buenas cosas de la dictadura militar) me vuelve a mi colegio nacional de Buenos Aires, a las deslumbradoras clases de literatura española en las que el mismo Lerner, brillante erudito, nos comunicaba su pasión por la lectura detenida, enseñándonos a demorarnos en un texto hasta saber de memoria su acogedora geografía. Lerner nos enseñó cómo hacernos amigos de los (al parecer) aterradores clásicos, cómo volverlos nuestros, cómo sentirlos íntimos sin que nos intimiden. La crónica de aquellos años se halla trazada en mi Garcilaso, mi Celestina, mi Berceo, mi Arcipreste de Hita. Mi amistad con ellos dura desde aquellas clases.
Mi placer en la lectura es aún más antiguo. Cuentos, leyendas, aventuras, las vidas ricas y arriesgadas del Capitán Nemo, de Sherlock Holmes, del Zorro Reinhardt y de Gatito, de Robinson Crusoe, de Pinocho, de Emilia y de Narizinho, y de tantos otros que conocí entre las cubiertas de un libro, fueron mías desde muy temprano. Dos aspectos de su lectura me deleitaban por sobre todo: saber la conclusión de sus viajes y poder olvidarla al abrir una vez más el libro. Uno de los encantos de la lectura, común en los libros y en los lectores de una cierta edad, es la repetición. Los teólogos han decretado que ni siquiera Dios puede volver a recorrer el pasado; este poder negado a todo Autor pertenece sin embargo a cada lector dispuesto a empezar nuevamente en la primera página de un cuento. Placer del diálogo con antiguos iluminados, placer de la aventura extraordinaria. También, y no menor, placer de la experiencia indirecta, vivida por otro para nosotros solos. Vivir en el Londres de Dickens, en el Madrid de Galdós, en la Sicilia de Pirandello; asistir a los descubrimientos de Fabre y de Plinio: sentir la pasión de Medea, la desolación de Törless, la rebelión de Montag, la tristeza de Pelo de Zanahoria –ser, por un momento, quienes soñaron ser estas criaturas levemente inmortales-. Vivir lo imposible: perderme en el oscuro placer de las pesadillas de Bioy, de Stevenson, de Wells, de Silvina Ocampo, de Cortázar, de Tibor Déry, de Kobo Abe.
A veces, la función de mis libros es revelatoria. Leer por primera vez a Benjamin, a sir Thomas Browne, a Chesterton, a Calasso, a Vila-Matas y ser guiado por un luminoso laberinto de ideas que parece construido para ayudarme a pensar, se me hace una experiencia equivalente a la iluminación de la que hablan los sabios. En esas tardes de epifanía el placer es puramente y hondamente intelectual, acto cuyo prestigio nuestras sociedades hoy desechan. A veces mis libros me ofrecen el simple placer de lo sonoro: leer versos de san Juan de la Cruz, de Darío, de Gertrude Stein, de Yves Bonnefoy, de Stefan George, de Antonio Botto, párrafos de Christa Wolf, de Lezama Lima, de John Hawkes, de Joyce, frases en las que la música del idioma prima sobre el sentido. Leer por ejemplo este verso del (para mí) desconocido Francisco de Aldana: “Que do sube el amor llegue el amante” me regocija, y confieso, después de años de frecuentarlo, no entenderlo.
A veces, la función de mis libros es la de relicario. Mi ejemplar de Redoble de conciencia, cuya cubierta color plata de la editorial Losada lleva apuntado un número de teléfono ahora para siempre secreto, me acompañó en una de mis excursiones al sur de Argentina durante mis años de colegio. Al borde de un lago al pie de los Andes, en torno a la fogata de nuestro campamento, después de cantar a pleno pulmón El ejército del Ebro, un compañero de clase abrió mi libro y nos leyó en voz alta un poema de Blas de Otero. Nos apasionó: Dios y la lucha revolucionaria convienen perfectamente a las pasiones del lector
adolescente. Años después, en Canadá, habiéndome enterado de la muerte de ese amigo en una cárcel militar de la Patagonia, encontré el poema que había recitado aquella noche y que termina así en la página 120: " Y yo de pie, tenaz, brazos abiertos, / gritando no morir. Porque los muertos / se mueren, se acabó, ya no hay remedio”.
No hay remedio. La lectura no consuela. En cambio puede, misteriosamente, servir de espejo. En un verso de Blas de Otero, en un párrafo del Quijote, en las menos prestigiosas palabras de Emilio Salgari o Conan Doyle, algo –una imagen, una música, una idea- adquiere para un determinado lector la calidad de traducción de una sensación precisa, de una intuición, una ocurrencia. El regreso de Ulises, la muerte de Melibea, el curioso martirio de San Manuel Bueno, la pasión de Clarisse en Esplendor de Portugal, la apenas comenzada vida de Tristram Shandy, las decorosas listas de Sei Shonagon, son algunas de esas páginas en las que he encontrado, repetidamente, el reflejo de mi experiencia. María Elena Walsh escribió hace muchos años un poema cuya conclusión dice así: “Y si alguna vez te desespera / un gran silencio, es el silencio mío”. Basta leer esto para no sentirme solo.
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Artículo publicado en Babelia el 31 de agosto de 2002 © El País

jueves, 25 de agosto de 2011

70 palabras por minuto: velocidad de lectura en Primaria

70 palabras por minuto: velocidad de lectura en Primaria
http://www.elcorreoweb.es/andalucia/125301/palabras/minuto/http://www.blogger.com/img/blank.gifvelocidad/lectura/primaria
Daniel Cela Actualizado 22/06/2011 22:30
Educación asume un índice de eficiencia lectora para evaluar la capacidad de los alumnos de 7 años. Los resultados de la prueba Escala se entregarán por colegio, clase y alumno.

La lectura es el talón de Aquiles del estudiante y quizá del sistema escolar. La comprensión lectora tiene la función de sostener todo el proceso de aprendizaje y, si flaquea, el sistema se desmorona y la tasa de fracaso escolar afecta al 32% de alumnos.

La Consejería de Educación, a través de la Agencia de Evaluación, ha empezado a usar un instrumento para medir la fortaleza y debilidad del nivel de lectura cuando el niño tiene 7 años. Un índice de eficacia que se ha utilizado, por primera vez, en una prueba de lectura en voz alta que han realizado 32.228 alumnos (la más extensa de Europa). Ese ejercicio mide el hábito lector desde distintos parámetros: el modo, velocidad, exactitud, comprensión, nivel de identificación de ideas, reconocimiento de signos de puntuación, procesamiento sintáctico... Los alumnos leyeron en voz alta ante su maestro un texto de 213 palabras. La velocidad establecida para niños de 7 años es de 70 a 80 palabras por minuto. Esa horquilla garantiza la comprensión y la fluidez de lectura.

El ejercicio oral forma parte de la prueba Escala, que es el diagnóstico más prematuro que existe en el sistema escolar andaluz. Se aplica en 2o de Primaria y mide el nivel en escritura, cálculo y lectura. 98.866 alumnos la hicieron el pasado 31 de mayo y 1 de julio. Para las escuelas, los resultados estarán a final de mes, para las familias, en septiembre. La Junta los presentará en tres niveles: los del colegio, los de la clase y los de cada alumno. El consejero Francisco Álvarez de la Chica explicó ayer en el Parlamento que los datos "permitirán a los colegios compararse con otros de sus mismas características", que se comparen con centros del mismo contexto sociocultural para depurar la responsabilidad estrictamente educativa. Pero se mirarán en escuelas de otra provincia, no del mismo municipio, para evitar que confronten como en un ranking.

Lecturas Para Primaria Documentos de Investigación: Lecturas Para Primaria

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Enviado por: mtapilaranra 23 agosto 2011
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http://clubensayos.com/Espa%C3%B1ol/Lecturas-Para-Primaria/48497.html

1er CICLO

Los burros de Don Tomás

Don Tomás compró cuatro burros. Montó en uno y volvió a su casa.

Por el camino los contó: uno, dos y tres. No contaba el que montaba.

Ya en su casa, dijo a su mujer:

─¡Mira!, he comprado cuatro burros y traigo sólo tres; me han robado uno.

─¡Qué raro! ─dijo la mujer. ─Tú no ves más que tres, pero yo veo cinco.

(68 palabras)

Basilia

Ella G. Alvarado Navarrete

—¡Buenos días, doña Prudencia!

—Buenos, Basilia, ¿qué se te ofrece?

—¿Podría regalarme unas calabacitas?, me estoy muriendo de hambre.

—No Basilia, sólo me quedaron las que necesito para mi familia.

—Nomás regáleme unas poquitas. Se lo agradeceré mucho.

—Está bien. Si me ayudas a barrer el patio te las daré.

—Gracias, doña Prudencia, mejor regreso otro día.

—Pues, ¿no que te estás muriendo de hambre?

—Sí, pero también tengo sueño. ¡Adiós, señora!

(77 palabras)

La generosidad de Toño

—¡Mamá, mamá! Afuera grita desesperadamente un señor. ¿Me das una moneda de cinco pesos para dársela? –pidió Toño a su mamá.

—¡Con mucho gusto, hijo! Me agrada que seas tan generoso con tus semejantes. Pero, dime, ¿quién es esa persona a quien tú quieres ayudar? —le contestó la mamá.

Toño, muy complacido, le dijo: ―asómate a la ventana, mami, y tú misma podrás oírlo…‖.

La mamá se asomó, y vio a un señor que pasaba por la calle gritando: ―¡Helados! ¡Hay helados a cinco pesos! ¡Ricos helados a cinco pesos!‖.

(94 palabras)

2do. CICLO

¿QUIÉN LE PONE AL CASCABEL AL GATO?

Habitaban unos ratoncitos en la cocina de una casa cuya dueña tenía un hermoso gato, tan buen cazador, que siempre estaba al acecho. Los pobres ratones no podían asomarse por sus agujeros ni siquiera de noche. No pudiendo vivir de ese modo por más tiempo, se reunieron un día con el fin de encontrar un medio para salir de tan espantosa situación.

—Atemos un cascabel al cuello del gato —dijo un joven ratoncito—, y por su tintineo sabremos siempr

Leer Ensayo Completo Suscríbase

e el lugar donde se halla.

Tan ingeniosa proposición hizo revolcarse de gusto a todos los ratones, pero un ratón viejo dijo con malicia:

—Muy bien, pero ¿quién de ustedes le pone el cascabel al gato?

—Nadie le contestó.

(125 palabras)

LAS MANOS FEAS

Rabindranath Tagore

—Mamá —le dijo el niño—, eres hermosa, tu rostro es el trasunto de una diosa.

Sonrióse la madre enternecida; mas el niño tornado a otras ideas añadió con palabra conmovida:

—¡Pero en cambio tus manos son tan feas!

Calló el niño al mostrar estos decires, más replicó la madre:

—No las mires, si tanto te disgusta contemplarlas.

—No lo puedo evitar, le dijo el niño, si al palparlas con ávido cariño tengo, oh madre, al instante que apartarlas.

El padre que escuchaba al niño, dijo:

—Te contaré una historia mi buen hijo: hace tiempo dormía rozagante un niño, encendióse el mosquitero y las llamas del fuego traicionero amenazaban la vida del infante. Mas la madre heroica y decidida, el fuego dominó ...

jueves, 7 de julio de 2011

Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida EL PAÍS SEMANAL ofrece a sus lectores la lista completa de diez libros que cambiar

http://www.elpais.com/elpaismedia/eps/media/200808/10/portada/20080810elpepspor_1_Pes_PDF.pdf
1. Josefina Aldecoa
1. Anna Karenina, León Tolstoi.
2. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
3. Los papeles póstumos del club Pickwick, Charkes Dickens.
4. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
5. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.
6. Una habitación propia, Virgina Woolf.
7. La casa de la alegría, Edith Wharton.
8. Música para camaleones, Truman Capote.
9. Las nieves del Kilimanjaro, Ernest Hemingway.
10. Mi Antonia, Willa Cather.
2. Nuria Amat
1. Poemas, Emily Dickinson.
2. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
3. Anna Karenina, León Tolstoi.
4. Diarios, Franz Kafka.
5. Obra completa, Jorge Luis Borges.
6. Las olas, Viginia Woolf.
7. Las palmeras salvajes, William Faulkner.
8. El libro de mi vida, Teresa de Jesús.
9. Autobiografía, Thomas Bernhard.
10. Jane Eyre, Charlotte Bronte.
3. Rafael Argullol
1. El rey Lear, William Shakespeare.
2. Fausto, Goethe.
3. Edipo, Sófocles.
4. El banquete, Platón.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. La divina comedia, Dante.
7. Ensayos, Montaigne.
8. Los hermanos Karamazov, Dostoievski.
9. El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzche.
10. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
4. Bernardo Atxaga
1. Harri eta Herri (Piedra y pueblo), Gabriel Aresti.
2. Huesos de sepia, Eugenio Montale (traducción: F. Ferrer Lerin).
3. Confesiones, Jean-Jacques Rousseau.
4. Las afinidades electivas, Goethe.
5. Cantos, Giacomo Leopardi.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
6. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
7. Barthes por Barthes, Roland Barthes.
8. Bronwyn, Eduerdo Cirlot.
9. El cuaderno gris, Josep Pla.
10. 1280 almas, Jim Thompson.
5. Francisco Ayala
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. Félix de Azúa
1. La Biblia para los niños.
2. Almanaque Agroman 1956.
3. Guillermo el travieso, R. Crompton.
4. Los hijos del capitán Aterras, Julio Verne.
5. Diccionario manual e ilustrado de la lengua española. Espasa Calpe, 1927.
6. Guía de Teléfonos de Barcelona.
7. London A to Z.
8. Paris. Guide Bleu.
9. Los hermanos Karamazov, Fédor Dostoievski.
10. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
7. Nuria Barrios
1. La Biblia.
2. Odisea, Homero.
3. Metamorfosis, Ovidio.
4. Diccionario, María Moliner.
5. Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora.
6. Les mots, Jean-Paul Sartre.
7. Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll.
8. Poesía completa, Alejandra Pizarnik.
9. Si esto es un hombre, Primo Levi.
10. Maus, Spiegelman.
8. Mario Bellatín
1. El pabellón número 6, Antón Chejov.
2. El proceso, Franz Kafka.
3. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
4. Mario y el mago, Thomas Mann.
5. Vidas minúsculas, Pierre Michon.
6. El instituto Benjamenta, Robert Walser.
7. La casa inundada, Felisberto Hernández.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
9. El zorro de arriba, el zorro de abajo, José María Arguedas.
10. La traición de Rita Hayworth, Manuel Puig.
9 . J orge Eduardo Benavides
1. El obsceno pájaro de la noche, José Donoso.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust .
3. La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa.
4. Rayuela, Julio Cortázar.
5. Manhattan Transfer, John Dos Passos.
6. Los Herederos, Isaac Bashevis Singer.
7. Entre selvas y desiertos, Henry Sienkiewictz.
8. El prisionero de Zenda, Anthony Hope.
9. El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina.
10. Opiniones de un payaso, Heinrich Böll.
10. Carmen Boullosa
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Cuentos, Katherine Mansfield.
3. Mi corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
4. Anagnórisis, Tomás Segovia .
5. El mono gramático, Octavio Paz.
6. Rayuela, Julio Cortázar .
7. Cordelia frente al espejo, Silvina Ocampo.
8. Altazor, Vicente Huidobro.
9. Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar.
10. Los miserables, Víctor Hugo.
11. José Manuel Caballero Bonald
1. La Odisea, Homero.
2. Las Soledades y el Polifemo, Luis de Góngora.
3. Don Quijote de la Mancha y el Persiles, Miguel de Cervantes.
4. Las iluminaciones y Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.
5. Espacio, Juan Ramón Jiménez.
6. ¡Absalón, Absalón!, William Faulkner.
7. Hamlet, William Shakespeare.
8. La metamorfosis, Franz Kafka.
9. Residencia en la tierra, Pablo Neruda.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
10. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
12. Martín Casariego
1. Herzog, Saul Bellow.
2. El sueño de los héroes, Adolfo Bioy Casares.
3. El extranjero, Albert Camus.
4. Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos, Pedro Casariego Córdoba.
5. El buen soldado, Ford Madox Ford.
6. No soy Stiller, Max Frisch.
7. El americano impasible, Graham Green.
8. El proceso, Franz Kafka.
9. Anna Karenina, León Tolstoi.
10. Tristán e Isolda.
13. Francisco Casavella
1. Guerra y paz, León Tolstoi.
2. Tiempos difíciles, Charles Dickens.
3. La corte de los milagros, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Petersburgo, Andréi Biela.
5. Seymour: una introducción, J.D. Salinger.
6. El gran Gatsby, F. Scott Fitgerald.
7. El legado de Humboldt, Saul Bellow.
8. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
9. Me casé con un comunista, Philip Roth.
10. Libra, Don DeLillo.
14. Horacio Castellanos Moya
1. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
2. El oficio de poeta, el oficio de vivir, Cesare Pavese.
3. Trilce, César Vallejo.
4. Anales, Tácito.
5. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
6. Jacques el fatalista, Diderot.
7. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
8. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche .
9. Los sonámbulos, Hermann Broch.
10. Cuadernos, E.M. Cioran.
15. Luisa Castro
1. Longa Noite de Pedra, Celso Emilio Ferreiro.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
2. Canto general, Pablo Neruda.
3. La caída, Albert Camus.
4. Las olas, Virginia Woolf.
5. Mortal y rosa, Francisco Umbral.
6. La montaña mágica, Thoman Mann.
7. La Eneida, Virgilio.
8. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
9. Elegías de Duino, Rilke.
10. En busca de lo Absoluto, Arthur Koestler.
16. Javier Cercas
1. Ficciones, Jorge Luis Borges.
2. De profundis, Oscar Wilde.
3. La tierra baldía (con el comentario de Juan Ferraté), T.S. Eliot.
4. La visión dionisíaca del mundo, incluido en El nacimiento de la tragedia,
Friedrich Nietzsche.
5. La metamorfosis, Franz Kafka.
6. Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
7. Contra viento y marea, vol. I, Mario Vargas Llosa.
8. Rayuela, Julio Cortázar.
9. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.
10. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.
17. Rafael Chirbes
1. Manifiesto Comunista, Karl Marx.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Derrerum natura, Lucrecia.
4. La muerte de Virgilio, Herman Brock.
5. Brindas, Benito Pérez Galdós.
6. La Celestina, Fernando Rojas.
7. Ensayos, Michel de Montaigne.
8. Sonetos, Francisco de Quevedo.
9. Santurio, William Faulkner.
10. Boccaccio, Pedro Calderón de la Barca.
18. Oliverio Coelho
1. El proceso, Franz Kafka.
2. Viaje al fin de la noche, Louis Ferdinand Celine.
3. Ficciones, Jorge Luis Borges.
4. Los siete locos, Roberto Arlt.
5. El astillero, Juan Carlos Onetti.
6. Palmeras salvajes, William Faulkner.
7. El desierto de los tártaros, Dino Buzzati.
8. Confesiones de un asesino, Joseph Roth.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
9. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.
10. Memorias, Giacomo Casanova.
19. Agustín Fernández Mallo
1. Obras completas, José Ángel Valente.
2. El hacedor, Jorge Luis Borges.
3. Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein.
4. Centuria, Giorgio Manganelli.
5. Las estrategias fatales, Jean Baudrillard.
6. Construcción, Thomas Bernhard.
7. Ironía Contingencia y Solidaridad, Richad Rorty.
8. Exhibición de Atrocidades, J.G. Ballard
9.Escaladas en Yosemite, Gorge Meyers.
10. El sentido de la vista, John Berger.
20. Jesús Ferrero
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Tao te King, Lao Tse.
4. Cuatro cuartetos, T. S. Eliot.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
7. Ficciones, Jorge Luis Borges.
8. Así habló Zaratrusta, Friedrich Nietzsche.
9. El malestar de la cultura, Sigmund Freud.
21. Antonio Ferres
1. La Odisea, Homero.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. Meditaciones, Marco Aurelio.
5. Santuario, William Faulkner.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Poemas franceses, Rainer Maria Rilke.
8. El desierto de los tártaros, Dino Buzzati.
9. Los vaticinios de la inocencia, William Blake.
10. Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar.
22. Carlos Fuentes
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La Odisea, Homero.
3. Antígona, Sófocles.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
4. Macbeth, William Shakespeare.
5. La comedia humana, Honoré de Balzac.
6. Obra poética, Francisco de Quevedo.
7. Nuestro amigo mutuo, Charles Dickens.
8. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
9. Cantos, Giacomo Leopardi.
10. Los miserables, Víctor Hugo.
23. Antonio Gamoneda
1. Otra más alta vida, Antonio Gamoneda padre.
2. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
3. La Biblia.
4. El Capital, Karl Marx.
5. Ensayos sobre la condición obrera, Simone Weil.
6. El proceso, Franz Kafka.
7. La segunda antología poética, Juan Ramón Jiménez.
8. Poèmes, Arthur Rimbaud.
9. Poesías, Stephan Mallarmé.
10. Antologie poétique, Nazim Hikmet.
24. Santiago Gamboa:
1. Lord Jim, Joseph Conrad.
2. El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.
3. El juego de los abalorios, Hermann Hesse.
4. Narraciones extraordinarias, Edgar Allan Poe.
5. Hotel Savoy, Joseph Roth.
6. Relatos de los mares del sur, Jack London.
7. Las canciones de Bilitis, Pierre Louys.
8. Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
9. Los signos en rotación, Octavio Paz.
10. Los nuestros, Luis Harss.
25. Luis García Montero
1. Las mil mejores poesías de la lengua castellana, José Verruga.
2. David Copperfield, Charles Dickens.
3. Misericordia, Benito Pérez Galdós.
4. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
5. Juan de Mairena, Antonio Machado.
6. Teoría e historia de la producción ideológica. Las primeras literaturas
burguesas, Juan Carlos Rodríguez.
7. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.
8. Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé.
9. Palabra sobre palabra, Angel González.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
10. Las edades de Lulú, Almudena Grandes.
26. Javier García Sánchez
1. La pasión según G.H., Clarice Lispector.
2. La muerte de Virgilio, Hermann Broch.
3. Todos los hombres del rey, Robert Benn Warren.
4. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
5. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
6. Escuela de mandarines, Miguel Espinosa.
7. El hombre sin atributos, Robert Musil.
8. Bajo el volcán, Malcom Lowy.
9. La feria de las vanidades, W. M. Tackeray.
10. Tommyknockers, Stephen King.
27. Juan Gelman
1. Cántico espiritual, San Juan de la Cruz.
2. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Trilce, César Vallejo.
5. A la sombra de los barrios amados, Raúl González Muñón.
6. Ricardo III, William Shakespeare.
7. Los hundidos y los salvados, Carlo Levi.
8. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
9. Poemas, Osip Mandelstam.
10. No amanece el cantor, José Ángel Valente.
28. Marcos Giralt
1. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Lolita, Vladimir Nabokov.
4. Corrección, Thomas Bernhard.
5. Temor y temblor, Soren Kierkegaard.
6. Ensayos, Michel de Montaigne.
7. Dublineses, James Joyce.
8. El Aleph, Jorge Luis Borges.
9. Mientras agonizo, William Faulkner.
10. Bartleby, el escribiente, Herman Melville.
29. Juan Antonio González Iglesias
1. Banquete, Platón.
2. Odas, Horacio.
3. Fuentes de la constancia, Juan Gil-Albert.
4. Sonetos, William Shakespeare.
5. Los Evangelios.
6. Poesía, Jorge Luis Borges.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
7. Sonetos de amor, Federico García Lorca.
8. Hojas de hierba, Walt Whitman.
9. El tiempo, gran escultor, Marguerite Yourcenar.
10. Discurso sobre la dignidad del hombre, Pico della Mirandola.
30. Jordi Gracia
1. Sobre la felicidad, Séneca.
2. Ética a Nicómaco, Aristóteles.
3. Discurso del método, René Descartes.
4. La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset.
5. Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa.
6. La tarea del héroe, Fernando Savater.
7. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
8. Ensayos, Michele de Montaigne.
9. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
10. Por el camino de Swann, Marcel Proust.
31. Almudena Grandes
1. La Odisea, Homero.
2. Mujercitas, Louise May Alcott.
3. Tormento, Benito Pérez Galdós.
4. La madre, Máximo Gorka.
5. El oficio de poeta, el oficio de vivir, Cesare Pavese.
6. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
7. Los hijos muertos, Ana María Matute.
8. Usos amorosos de la posguerra española, Carmen Martín Gaite.
9. Campo de los almendros, Max Aub.
10. Habitaciones separadas, Luis García Montero.
32. José María Guelbenzu
1. Ulises, James Joyce.
2. La copa dorada, Henry James.
3. La tierra baldía, T. S. Eliot.
4. Moby Dick, Herman Melville.
5. El castillo, Franz Kafka.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. Poesías completas, Antonio Machado.
8. Rayuela, Julio Cortázar.
9. La rama dorada, James G. Frazer.
10. Polifemo y Galatea, Luis de Góngora.
33. Wendy Guerra
1. El guardián entre el centeno, J.D.Salinger.
2. Confesiones de una máscara, Yukio Mishima.
3. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
4. Incesto, Anaïs Nin.
5. El amante, Marguerite Duras.
6. El libro de las Maravillas de Boloña, Eliseo Diego.
7. Viaje a La Habana, Reinaldo Arenas.
8. Matar al último Venado, Osvaldo Sánchez.
9. Dinka. tomos I – II- III, O. Sieva.
10. Buenos días, tristeza, Françoise Sagan.
34. Rafael Gumucio
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Los niños terribles, Jean Cocteau.
3. Anna Karenina, León Tolstoi.
4. Herzog, Saul Bellow.
5. Don Casmurro, Joaquim Maria Machado de Assis.
6. Trilce y poemas humanos, César Vallejo.
7. Los miserables, Victor Hugo.
8. Los cuentos, Antón Chejov.
9. Rojo y negro, Sthendal.
10. Hijo de Ladrón, Manuel Rojas.
35. Menchu Gutiérrez
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. La poética del espacio, Gaston Bachelard.
3. La muerte de Virgilio, Hermann Broch.
4. La metamorfosis, Franz Kafka.
5. Trastorno, Thomas Bernhard.
6. Claros del bosque, María Zambrano.
7. Las tiendas de color canela, Bruno Schulz.
8. Jakob von Gunten, Robert Walser.
9. Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz.
10. Ciclo de Bronwyn, Juan-Eduardo Cirlot.
36. Clara Janés
1. Upanishads.
2. Diálogos, Platón.
3. Lamento, Vladimír Holan.
4. Obras completas, William Shakespeare.
5. Metamorfosis, Ovidio.
6. Mar de Galilea, Ilhan Berk.
7. Diván del príncipe de Emgión, Gunnar Ekelöf.
8. Obra completa, San Juan de la Cruz.
9. El castillo de Iodo, Yasushi Inué.
10. Diarios, Andrei Tarkovski.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
37. Darío Jaramillo
1. Las mil y una noches.
2. Pensamientos, Blas Pascal.
3. Los viajes de Gulliver, J. Swift.
4. Canto a mí mismo, Walt Whitman.
5. Historia de Raselas, Samuel Jonson.
6. Huckleberry Finn, Mark Twain.
7. Imitación de Cristo, Tomás de Kempis.
8. David Copperfield, Charles Dickens.
9. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
10. Kim, Rudyard Kipling.
38. Eduardo Lago
1. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
2. Rojo y negro, Stendhal.
3. Suttree, Cormac McCarthy.
4. Ulises, James Joyce.
5. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
6. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
7. Paradiso, José Lezama Lima.
8. Anna Karenina, León Tolstoi.
9. El Criticón, Baltasar Gracián.
10. El ruido y la furia, William Faulkner.
39. Elvira Lindo
1. Huckleberry Finn, Mark Twain.
2. El Lazarillo de Tormes, Anónimo.
3. Luces de Bohemia, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Mrs Dalloway, Virgina Woolf.
5. Los cuentos, Antón Chejov.
6. Los cuentos, John Cheever.
7. Los muertos, incluido en Dublineses, de James Joyce.
8. Tristana, Benito Pérez Galdós.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Cuentos, Alice Munro.
40. Manuel de Lope
1. Moby Dick, Herman Melville.
2. El Estudio de la Historia, Arnold Toynbee.
3. El Ruedo ibérico, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Obra completa, Marcel Proust.
5. Bajo el volcán, Lowry.
6. Poemas, Charles Baudelaire.
7. El Gran Sertón, Guimaraes Rosa.
8. Juan de Mairena, Antonio Machado.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
9. Palmeras salvajes, William Faulkner.
10. Diarios, Capitán Cook.
41. Ray Loriga
1. El guardián entre el centeno, J.D. Salinger.
2. La línea de sombra, Joseph Conrad.
3. Orlando, Virginia Woolf.
4. El arrebato de L.V. Stein, de Margarite Duras.
5. Meridiano de sangre, Cormac McCarthy.
6. Moby Dick, Herman Melville.
7. La naranja mecánica, Anthony Burgués.
8. Lolita, Vladimir Nabokov.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Auto de fe, Elias Canetti.
42. José Carlos Llop
1. Cuentos, Antón Chejov.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. El buen soldado, Ford Madox Ford.
4. Poesía, T.S. Eliot.
5. Radiaciones, Ernst Jünger.
6. Suave es la noche, F. Scott Fitzgerald.
7. Ada o el ardor, Vladimir Nabokov.
8. La tumba sin sosiego, Cyril Connolly.
9. El Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.
10. El jardín de los Finzi-Contini, Giorgio Bassani.
43. Luis Magrinyà
1. Maud-Evelyn, Henry James.
2. Rojo y negro, Stendhal.
3. Las relaciones peligrosas, Choderlos de Laclos.
4. La feria de las vanidades, Wiliam M. Thackeray.
5. Los monederos falsos, André Gide.
6. Los inconsolables, Kazuo Ishiguro.
7. El cine según Hitchcock, François Truffaut.
8. La mujer en silencio, Janet Malcolm.
9. Sin inventar nada, Lev Razgón.
10. Los desaparecidos, Andrew O'Hagan.
44. Alberto Manguel
1. Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll.
2. El hacedor, Jorge Luis Borges.
3. La divina comedia, Dante Alighieri.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
5. Diez siglos de poesía castellana, selección de Vicente Gaos.
6. The Albatross Book of Verse, selección de Louis Untermeyer.
7. El Rey Lear, William Shakespeare.
8. El gene egoísta, Richard Dawkins.
9. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson.
10. La aparición del libro, Lucien Fevre & Henri-Jean Martin.
45. Javier Marías
1. Ricardo III / Macbeth, William Shakespeare.
2. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
3. El corazón de las tinieblas y El espejo del mar, Joseph Conrad.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Ensayos, Michel de Montaigne.
6. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
7. Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke.
8. Cuentos completos, Henry James.
9. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
10. La caída de Constantinopla 1453, Sir Steven Runciman.
46. Juan Marsé
1. Rojo y negro, Stendhal.
2. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde, Robert Louis Stevenson.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. El proceso, Franz Kafka.
5. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
6. Palmeras salvaje, William Faulkner.
7. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
8. La realidad y el deseo, Luis Cernuda.
9. Memorias, Pío Baroja.
10. El extranjero, Albert Camus.
47. Gustavo Martín Garzo
1. Poemas, Emily Dickinson.
2. Las mil y una noches.
3. Obra completa, Franz Kafka.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Lejos de África, Isak Dinesen.
6. Iluminaciones, Walter Benjamin.
7. Poemas, César Vallejo.
8. Cuentos, Jacob y Wilhelm Grimm.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Autobiografía, Elías Canetti.
48. Tomás Eloy Martínez
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
1. Sonetos, Francisco de Quevedo.
2. Poemas, César Vallejo.
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges.
4. Bleak House (Casa desolada), de Charles Dickens.
5. El eterno Adán, de Jules Verne.
6. Lolita, de Vladimir Nabokov.
7. El proceso, de Franz Kafka.
8. Inferno Purgatorio, Dante Alighieri.
9. Las fotos, de Diane Arbus.
10. La Divina Comedia, Dante Alighieri.
49. Ignacio Martínez de Pisón
1. La guerra carlista, Ramón María del Valle-Inclán.
2. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
3. Figuración y fuga, Carlos Barral.
4. Diarios, John Cheever.
5. El invitado del día de acción de gracias, Truman Capote.
6. Reunión en el restaurante Nostalgia, Anne Tyler.
7. Léxico familiar, Natalia Ginzburg.
8. Homenaje a Cataluña, George Orwell.
9. Imán, Ramón J. Sender.
10. Cuentos completos, Julio Ramón Ribeyro.
50. Jorge Martínez Reverte
1. Guerra y paz, León Tolstoi.
2. La montaña mágica, Thomas Mann.
3. Moby Dick, Hermann Melville.
4. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
5. Viaje al corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. La regenta, Leopoldo Alas Clarín.
7. El libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
8. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
9. La metamorfosis, Franz Kafka.
10. El capital, Karl Marx.
51. Luis Mateo Díez
1. Antígona, Sófocles.
2. Las mil y una noches.
3. Fedro, Pátón.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Hamlet, William Shakespeare.
6. La vida es sueño, Calderón de la Barca.
7. La metamorfosis, Franz Kafka
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
8. Diálogos sobre la religión natura, David Hume.
9. Confesiones, Jean-Jacques Rousseau
10. Ensayos, Michel de Montaigne.
52. Ana María Matute
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La reina de las nieves, Hans Christian Andersen.
3. Demian, Herman Hesse.
4. Cumbres borrascosas, Emily Brontë.
5. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
6. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
7. El idiota, Fiódor Dostoievski.
8. Guerra y paz, León Tolstoi.
9. Ulises, James Joyce.
10. Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain.
53. José María Merino
1. Las mil y una noches.
2. Rimas y leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer.
3. Cuentos, Antón Chejov.
4. Cuentos, G. de Maupassant.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. Rojo y negro, Stendhal.
7. Trilogía de los Snopes, William Faulkner.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. Antología de la literatura fantástica, J.L.Borges, A Bioy Casares, S. Ocampo.
10. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, B.D. del Castillo.
54. Juan José Millás
1. Robinson Crusoe, Daniel Defoe.
2. La metamorfosis, Franz Kafka.
3. Crimen y Castigo, Fiódor Dostoievski.
4. Bartleby, el escribiente, Hermann Melville.
5. La Eneida, Virgilio.
6. Tierra baldía, T. S. Eliot.
7. La caída, Albert Camus.
8. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
9. La muerte de Iván Illich, León Tolstoi.
10. El viaje a las hormigas, Edmund O. Wilson.
55. Ana María Moix
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Cuentos, Antón Chejov.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. La Ilíada, Homero.
5. El rey Lear, William Shakespeare.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
6. Los Brundembutgh, Thomas Mann.
7. Nouveles, Henry James.
8. Peter Pan, de J. M Barrior.
9. Rayuela, Julio Cortázar.
10. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
56. Carlos Monsivais
1. La Biblia.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Obra completa, Jorge Luis Borges.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Canto general, Pablo Neruda.
6. Adiós a Berlín, Christopher Isherwood.
7. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
8. Piedra de sol, Octavio Paz.
9. Los miserables, Víctor Hugo.
10. Casa sombría, Charles Dickens.
57. Rosa Montero
1. Lolita, Vladimir Nabokov.
2. El Aleph, Jorge Luis Borges.
3. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
4. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.
5. Conversación en la catedral, Mario Vargas Llosa.
6. Espejo roto, Mercè Rodoreda.
7. Guerra y paz, León Tolstoi.
8. Middlemarch, George Elliot.
9. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
10. El viaje fantástico de Nils Holgersson a través de Suecia, Selma Lagerloff.
58. Antonio Muñoz Molina
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. El ruido y la furia, William Faulkner.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Vida y destino, Vasili Grossman.
5. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
6. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
7. Ulises, James Joyce.
8. Conversación en la Catedral, Mario Vargas Llosa.
9. Poesía completa, Antonio Machado.
10. El Aleph, Jorge Luis Borges.
59. Justo Navarro
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
1. Molloy, Samuel Beckett.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. El proceso, Franz Kafka.
4. Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Al morir quedamos solos, Raymond Marshall.
7. La muerte en Beverly Hills, Pere Gimferrer.
8. Teoría e historia de la producción ideológica, Juan Carlos Rodríguez.
9. Miss Lonelyhearts, Nathanael West.
10. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.
60. William Ospina
1. La Odisea, Homero.
2. Demian, Herman Hesse.
3. Viaje al centro de la tierra, Julio Verne.
4. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
5. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
6. Cuentos, Edgar Allan Poe.
7. Hojas de hierba, Walt Whitman.
8. José y sus hermanos, Thomas Mann.
9. Poesía, Jorge Luis Borges.
10. Luz de agosto, William Faulkner.
61. Sergio Pitol
1. El Aleph, Jorge Luis Borges.
2. El proceso, Franz Kafka.
3. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
4. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
5. El Doctor Fausto, Thomas Mann.
6. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
7. Los sonámbulos, Hermann Broch.
8. El rey de las dos Sicilias, Andrzej Kusniewicz.
9. El paso a la India, E.M.Forster.
10. El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgakov.
62. Ángeles Mastretta
1. Lírica personal, Sor Juana Inés de la Cruz.
2. Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
3. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
4. Anna Karenina, León Tolstoi.
5. El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez.
6. Crónicas Italianas, Stendhal.
7. Las ilusiones perdidas, Honoré de Balzac.
8. La sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán.
9. Cuentos góticos, Isak Dinesen.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
10. Recuento de poemas, Jaime Sabines.
63. Alberto Olmos
1. Residencia en la tierra, Pablo Neruda.
2. Primavera negra, Henry Miller.
3. Mortal y rosa, Francisco Umbral.
4. Sombra del paraíso, Vicente Aleixandre.
5. Lazarillo de Tormes, Anónimo.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. Poemas humanos, César Vallejo.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. El extranjero, Albert Camus.
10. Esferas, Peter Sloterdijk.
64. Edmundo Paz-Soldán
1. Ficciones, Jorge Luis Borges.
2. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
3. La marcha Radetzky, Joseph Roth.
4. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
5. De la construcción de la muralla china, Franz Kafka.
6. Anna Karenina, León Tolstoi.
7. Sartoris, William Faulkner.
8. Rojo y negro, Stendhal.
9. Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías.
10. Gran Sertón: veredas, Joao Guimaraes Rosa.
65. Cristina Peri Rossi
1. El segundo sexo, Simone de Beauvoir.
2. Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
3. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
4. Relatos, William Saroyan.
5. El proceso, Franz Kafka.
6. Residencia en tierra, Pablo Neruda.
7. Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
8. El cuaderno dorado, Doris Lessing.
9. Rayuela, Julio Cortázar.
10. Una habitación propia, Virginia Woolf.
66. Marta Pesarrodona
1. Obra completa de la editorial Aguilar, de Federico García Lorca.
2. Les Fleurs du Mal, Charles Baudelaire.
3. Bonjour, tristesse, Françoise Sagan.
4. Le Deuxième Sexe, Simone de Beauviour.
5. La voz a ti debida, Pedros Salinas.
6. El caminant i el mur, Salvador Espriu.
7. Una habitación propia, Virginia Woolf.
8. La inútil ofrena, Josep Carner.
9. Menjat una cama, Gabriel Ferrater.
10. Against interpretation, Susan Sontag.
67. Álvaro Pombo
1. El banquete, Platón.
2. El espectador, José Ortega y Gasset.
3. Prufrock y otras observaciones, T. S. Elliot.
4. Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
5. El ser y la nada, Jean Paul Sartre.
6. The heart of the matter (El corazón del asunto), Graham Green.
7. Los cuadernos de Malte, Rainer Maria Rilke.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. Retrato de una dama, Henry James.
10. Juan de Mairena, Antonio Machado.
68. Elena Poniatowska
1. La Plaza del Diamante, Mercè Rodoreda .
2. La Biblia.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Anna Karenina, León Tolstoi.
5. Guerra y paz, León Tolstoi.
6. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
7. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
8. Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.
9. La tumba sin sosiego, Cyril Connolly.
10. Orlando, Virginia Woolf.
69. Benjamín Prado
1. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
2. Sobre los ángeles, Rafael Alberti.
3. Las Canciones, Bob Dylan.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
4. Las metamorfosis, Ovidio.
5. Gracias, niebla, W. H. Auden.
6. Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé.
7. El proceso, Franz Kafka.
8. El arco y la lira, Octavio Paz.
9. Estudios del natural, Robert Lowell.
10. Función de la poesía, función de la crítica, T. S. Eliot.
70. Soledad Puértolas
1. Obras completas, Pío Baroja.
2. Cuentos, Antón Chejov.
3. El libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Las olas, Virginia Woolf.
6. El guardián entre el centeno, J.D. Salinger.
7. El largo adiós, Raymond Chandler.
8. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Viaje a la oscuridad, Jean Rys.
71. Sergio Ramírez
1. El maestro y Margarita, Nikita Bulgaz.
2. El jardín de los Finzi Contini, Giorgio Bassani.
3. Nuestra hermana Carrie, Theodor Dreiser.
4. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Poemas canónicos, Constantin Cavafis.
7. Un corazón sencillo, Gustave Flaubert.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. Cantos de vida y esperanza, Rubén Darío.
10. Cuentos, Antón Chejov.
72. Ramón Reboiras
1. Moby Dick, Herman Melville.
2. La montaña mágica, Thomas Mann.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán.
5. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
6. El largo adiós, Raymond Chandler.
7. La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares.
8. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
9. Iluminaciones, Arthur Rimbaud.
10. La línea de sombra, Joseph Conrad.
73. Javier Reverte
1. La odisea, Homero.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
3. El primer hombre, Albert Camus.
4. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
5. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. Moby Dick, Hermann Melville.
7. Bajo el volcán, Thomas Lowry.
8. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
9. La gaya ciencia, Friedrich Nietzsche.
10. La muerte en Venecia, Thomas Mann.
74. Carme Riera
1. La minyonia d' un infant orat, Llorenç Riber.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Les rondalles mallorquines, Jordi d'es Racó.
4. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
5. L' endemà de mai, Miquel Àngel Riera.
6. Una habitación propia, Virginia Woolf.
7. ¡Absalón, Absalón!, William Faulkner.
8. Cancionero, Francesco Petrarca.
9. El humo dormido, Gabriel Miró.
10. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
75. Manuel Rivas
1. El llano en llamas, Juan Rulfo.
2. Metamorfosis, Franz Kafka.
3. Odisea, Homero.
4. Ulises, James Joyce.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. Cuentos, Antón Chejov.
7. Cantigas de escarnio e maldizer (lírica medieval galaico-portuguesa).
8. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
9. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal.
10. El eternauta, Héctor G. Oesterheld.
76. Julián Rodríguez
1. El primer hombre, Albert Camus.
2. El oficio de poeta, el oficio de vivir, César Pavese.
3. Dublineses, James Joyce.
4. El ruido y la furia, William Faulkner.
5. Espacio, Juan Ramón Jiménez.
6. Querido Miguel, Natalia Ginzburg.
7. El libro de los pasajes, Walter Benjamín.
8. Obra completa, Juan Carlos Onetti.
9. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
10. Si te dicen que caí, Juan Marsé.
77. Santiago Roncagliolo.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
1. La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa.
2. La mancha humana, Philip Roth.
3. Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.
4. Amor perdurable, Ian McEwan.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. A sangre fría, Truman Capote.
7. Plataforma, Michel Houellebecq.
8. Desde el infierno, Allan Moore.
9. Ricardo III, William Shakespeare.
10. After Dark, Haruki Murakami.
78. Isaac Rosa
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. Al faro, Virginia Woolf.
5. Teatro completo, Bertolt Brecht.
6. Cuentos completos, Franz Kafka.
7. Manifiesto comunista, Kart Marx y Friedrich Engels.
8. Una temporada en el infierno, A. Rimbaud.
9. Ulises, James Joyce.
10. Bouvard y Pécuchet, Gustave Flaubert.
79. Ana Rossetti
1. Cuando las grandes heroínas era niñas, Ricardo Palma.
2. Crimen en la vicaría, Agatha Christie.
3. Llama de amor viva, San Juan de la Cruz.
4. Las dos doncellas, Miguel de Cervantes.
5. El monte de las ánimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
6. Pequeña crónica, Ana Magdalena Bach.
7. El collar de la paloma, Ibn Hazm de Cordoba.
8. Poemas, Gerald Manley Hopkins.
9. Barrio de Maravillas, Rosa Chacel.
10. Orlando, Virginia Woolf.
80. Juana Salabert
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. El ruido y la furia, William Faulkner.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
5. Elogios, Sant Jon Terce.
6. Terra nostra, Carlos Fuentes.
7. Arhur Gordon Pym, Edgar Alan Poe.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. La Celestina, Fernando de Rojas.
10. Guerra y paz, León Tolstoi.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
81. Fernando Savater
1. Moby Dick, Hermann Melville.
2. Historias extraordinarias, Edgar Allan Poe.
3. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
4. Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
5. El sabueso de Baskerville, Arthur Conan Doyle.
6. Ensayos, Michele de Montaigne.
7. Ética, Baruch de Spinoza.
8. Ficciones, Jorge Luis Borges.
9. La isla del doctor Moreau, H. G. Wells.
10. Artículos, Mariano José de Larra.
82. Iván Thays
1. Ana Karenina, León Tolstoi.
2. Pálido fuego, Vladimir Nabokov.
3. Poesía completa, José María Eguren.
4. La verdadera vida de Sebastian Kinght, Vladimir Nabokov .
5. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
6. Otras tardes, Luis Loayza.
7. La casa de cartón, Martín Adán.
8. Cuentos, Juan Carlos Onetti.
9. La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa.
10. El jardín de los Finzi Contini, Giorgio Basan.
83. Javier Tomeo
1. Pan, Knut Hamrun.
2. Golovin, Jackob Wassermann.
3. La metamorfosis, Franz Kafka.
4. Historias extraordinarias, Edgar Alan Poe.
5. El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson.
6. El viejo y el mar, Ernest Hemingway.
7. Mientras yo agonizo, William Faulkner.
8. El extranjero, Albert Camus.
9. Drácula, Bram Stocker.
10. La isla misteriosa, Julio Verne.
84. Maruja Torres
1. Oliver Twist, Charles Dickens.
2. El idiota, Fiódor Dostoievski.
3. La luna y las hogueras, Cesare Pavese.
4. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
5. La peste, Albert Camus.
6. Lord Jim, Joseph Conrad.
7. Las uvas de la ira, John Steinbeck.
8. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
9. Conversación en la catedral, Mario Vargas Llosa.
10. El puente de San Luis Rey, Thorton Wilder.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
85. Esther Tusquets
1. Peter Pan, J.M. Barrie.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Ilíada, Homero.
4. El jardín de los cerezos, Antón Chejov.
5. Romancero gitano, Federico García Lorca.
6. La tempestad, William Shakespeare.
7. Los alimentos terrestres, André Gide.
8. Espartaco, Howard Fast.
9. La sirenita, Hans Christian Andersen.
10. El siglo de las luces, Alejo Carpentier.
86. Kirmen Uribe
1. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
2. Catedral, Raymond Carver.
3. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
4. Viaje a la isla de Sajálin, Antón Chejov.
5. Ariel, Sylvia Plath.
6. Si una noche de invierno un viajero, Ítalo Calvino.
7. Poemas y canciones, Bertolt Brecht.
8. Obabakoak, Bernardo Atxaga.
9. Los anillos de saturno, W.G. Sebald.
10. 101+19: 120 poemas, Ángel González.
87. Leonardo Valencia
1. Tonio Krüger, Thomas Mann.
2. Poesía vertical, Roberto Juarroz.
3. El astillero, Juan Carlos Onetti.
4. Los inconsolables, Kazuo Ishiguro.
5. La tarde del señor Andesmas, Marguerite Duras.
6. Belleza de una espada clavada en la lengua, Emilio Adolfo Westphalen.
7. Enemigos de la promesa, Cyril Connolly.
8. El libro de las preguntas, Edmond Jabès.
9. Pálido fuego, Vladimir Nabokov.
10. Claros del bosque, María Zambrano.
88. Mario Vargas Llosa
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Moby Dick, Hermann Melville.
5. Tirant lo Blanc, Joanot Martorell.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
8. Esplendor y miseria de las cortesanas, Honoré de Balzac.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
10. Ulises, James Joyce.
89. Juan Gabriel Vásquez
1. Hamlet, William Shakespeare.
2. Ulises, James Joyce.
3. Pastoral americana, Philip Roth.
4. Bajo la mirada de Occidente, Joseph Conrad.
5. La casa verde, Mario Vargas Llosa.
6. Ficciones, Jorge Luis Borges.
7. Lolita, Vladimir Nabokov.
8. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Memorias del subsuelo, Fiódor Dostoievski.
90. Horacio Vázquez-Rial
1. El largo adiós, Raymond Chandler.
2. Obra completa, Jorge Luis Borges.
3. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
4. Mientras agonizo, William Faulkner.
5. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
6. La cartuja de Parma, Stendhal.
7. Los siete locos y los lanzallamas, Roberto Arlt.
8. Vida y destino, Vasili Grossmman.
9. Pastoral americana, Philip Roth.
10. El siglo de las luces, Alejo Carpentier.
91. Xavier Velasco
1. El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
2. Aura, Carlos Fuentes.
3. La inmortalidad, Milan Kundera.
4. La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa.
5. El idiota, Fédor Dostoievski.
6. El hombre rebelde, Albert Camus.
7. Un mundo para Julius, Alfredo Bryce Echenique.
8. El pabellón de oro, Yukio Mishima.
9. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil.
10. Las mil y una noches.
92. Manuel Vicent
1. Odas, Horacio.
2. Odisea, Homero.
3. Metamorfosis, Franz Kafka.
4. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
5. El extranjero, Albert Camus.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. La montaña mágica, Thomas Mann.
8. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Diccionario filosófico, Voltaire.
93. Enrique Vila-Matas
1. Diarios, Franz Kafka.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Ensayos, Michel de Montaigne.
4. Jakob von Gunten, Robert Walser.
5. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
6. Locus Solus, Raymond Roussel.
7. Aforismos, G.C. Lichtenberg.
8. Bouvard y Pecuchet, Gustave Flaubert.
9. Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.
10. Elogio de la locura, Erasmo de Rótterdam.
94. Luis Antonio de Villena
1. Satiricón, Petronio.
2. Nueva antología personal, Jorge Luis Borges.
3. Los ídolos, Manuel Múgica Láinez.
4. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
5. Las sonatas, Ramón María del Valle-Inclán.
6. Mientras agonizo, William Faulkner.
7. La realidad y el deseo, Luis Cernuda.
8. Poesía completa, Cadafis.
9. La historia de Genji, Murasaki Yikibu.
10. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.
95. Juan Villoro
1. Aforismos, Lichtenberg.
2. De perfil, José Agustín.
3. Angelus Novas, Walter Benjamin.
4. Ficciones, Jorge Luis Borges.
5. Cuentos, Antón Chejov.
6. La galaxia de Gutenberg, Marshall McLuhan.
7. Capitán Aterras, Julio Verne.
8. La vida breve, Juan Carlos Onetti.
9. Lolita, Vladimir Nabokov.
10. Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoita.
96. Jorge Volpi
1. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
2. Gödel, Escher, Bach, Douglas Hofstadter.
3. Crimen y castigo, Fédor Dostoievski.
4. Doktor Faustus, Thomas Mann.
5. Cosmos, Carl Saga.
6. Historias extraordinarias, Edgar Allan Poe.
7. La divina comedia, Dante Alighieri.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
8. Guerra y paz, León Tolstoi.
9. Desgracia, Coetzee.
10. Vidas de los doce césares, Suetonio.
97. Alejandro Zambra
1. Un hombre que duerme, Georges Perec.
2. Las cosas, Georges Perec.
3. W o el recuerdo de la infancia, Georges Perec.
4. El gabinete de un aficionado, Georges Perec.
5. El secuestro, Georges Perec.
6. Me acuerdo, Georges Perec.
7. Pensar / Clasificar, Georges Perec.
8. La vida instrucciones de uso, Georges Perec.
9. Especies de espacios, Georges Perec.
10. Tentativa de agotar un lugar parisino, Georges Perec.
98. Pedro Zarraluki
1. La Celestina, Fernando de Rojas.
2. Habla, memoria, Vladimir Nabokov.
3. Ficciones, Jorge Luis Borges.
4. Desayuno en Tiffany’s, Truman Capote.
5. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. Si una noche de invierno un viajero, Ítalo Calvino.
7. La metamorfosis, Franz Kafka.
8. Cuentos, Guy de Maupassant.
9. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
10. El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.
99. Irene Zoe Alameda
1. Epopeya, Gilgamesh.
2. La relatividad explicada de forma sencilla, Martin Gardner.
3. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.
4. Symposium, Platón.
5. Viaje al fin de la noche, Louis-Ferdinand Céline.
6. Autobiography of Red, Anne Carson.
7. Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio.
8. Mrs. Dalloway, Virginia Woolf.
9. La tempestad, William Shakespeare.
10. Cantos, Ezra Pound.
100. Juan Eduardo Zúñiga
1. Nido de nobles, Ivan Turgueniev.
2. Winesburg, Ohio, Sherwood Anderson.
3. Camino de perfección, Pío Baroja.
4. Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
5. La gaviota, Antón Chejov.
6. El astillero, Juan Carlos Onetti.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
7. La ruina del cielo, Luis Mateo Díez.
8. El castillo, Franz Kafka.
9. Dublineses, James Joyce.
10. Chevengur, Andréi Platonov.

100. Juan Eduardo Zúñiga
1. Nido de nobles, Ivan Turgueniev.
2. Winesburg, Ohio, Sherwood Anderson.
3. Camino de perfección, Pío Baroja.
4. Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
5. La gaviota, Antón Chejov.
6. El astillero, Juan Carlos Onetti.
Cien escritores en español eligen 100 libros que cambiaron su vida
7. La ruina del cielo, Luis Mateo Díez.
8. El castillo, Franz Kafka.
9. Dublineses, James Joyce.
10. Chevengur, Andréi Platonov.

viernes, 24 de junio de 2011

Adjetivos para Juan Farias

http://www.eldiariomontanes.es/v/20110617/cultura/sotileza/adjetivos-para-juan-farias-20110617.html
El narrador gallego falleció la semana pasada dejando a la literatura infantil sin uno de sus mejores escritores
17.06.11 - 00:29 -

El pasado 11 de junio fallecía el escritor Juan Farias, uno de los renovadores de la literatura infantil española actual. En más de una ocasión visitó las escuelas de Cantabria y dejó entre los niños y maestros un vivo testimonio de su categoría humana y poética.
A menudo se utiliza la expresión «literatura sin adjetivos» para calificar elogiosamente la obra de un autor que escribe para los niños, como si el apellido 'infantil' representara una merma de su categoría artística.
Juan Farias se encuentra más allá de este dudoso reconocimiento: basta tomar al azar una página de cualquiera de sus libros para comprobar que la suya es una escritura de calidad sea cual sea la edad de los destinatarios indicada por la editorial que los publica.
Por otra parte, para valorar el trabajo de Farias quienes carecemos de su don para alcanzar en cada momento la palabra justa necesitamos de un buen número de los adjetivos que contiene el diccionario.
Para decir, por ejemplo, que la de Juan es una literatura esencial en la forma (austera, sencilla) y en el tratamiento de los asuntos más hondos que conciernen al ser humano. Una literatura comprometida con los humildes y los desfavorecidos y con la verdad. Crítica con los poderosos, con la injusticia. Única, como si todos sus libros fueran un mismo libro, y a la vez múltiple. Solemne y también irónica. Poética, imaginativa, cálida, local (de su Galicia) y universal, marinera, terrenal, amorosa, paterna...
Esa literatura de Farias, que tantos adjetivos, y aún más, exige para formular una tentativa de definición resulta que está hecha de apenas unos cuantos que, claro está, no son muchos ni acaso sean pocos sino sólo los necesarios.
Y ahí es donde alcanza la maestría de un estilo contenido, transparente, sencillo, sin pretensiones (no escribe capítulos sino cuadernos) pero capaz de provocar en el lector la emoción de la belleza, de la autenticidad, de la infinidad de sugerencias que despierta. Una literatura que escapa a nuestra capacidad de análisis y que pese a su fluida naturalidad y su despojada desnudez resulta inimitable.
Este modesto homenaje de Peonza, que se suma a las numerosas muestras de dolor y admiración que la noticia de su muerte ha provocado entre sus seguidores, es a la vez una reclamación para que se reediten aquellos de sus libros que permanecen descatalogados. Sin duda, ese es el mejor homenaje para un escritor desaparecido: el que su obra le sobreviva y pueda salir al encuentro con nuevos lectores.
Después de contarles alguna historia inverosímil, Farias solía preguntar a los niños que participaban en sus coloquios, «¿Te lo crees?». Sí, Juan, nos creemos todo lo que dicen tus palabras porque las sabemos dichas con el talento de un verdadero escritor y porque desbordaban del corazón de un hombre en el buen sentido de la palabra (un último adjetivo) bueno.

martes, 19 de abril de 2011

FERNANDO SAVATER 19/04/2011
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Siempre he sentido gran admiración por quienes proclaman que su afición a la lectura se despertó a los siete años, cuando una tía les regaló el día de su santo La montaña mágica, para confirmarse a los nueve, cuando acabaron En busca del tiempo perdido. Confieso que mi vocación tiene orígenes más modestos: me convirtieron en lector los relatos de aventuras y muy especialmente las novelas de Emilio Salgari, de cuyo suicidio se cumplen este mes los primeros cien años. Quizá desde entonces vivo de rentas y sigo nutriéndome de aquel gozo que no se extingue: residuos radioactivos de la imaginación...

Salgari nació en Verona, para después marchar a Génova y finalmente morir en Turín. Quiso ser marino, pero dejó a medias su formación naútica y en toda su vida apenas hizo en barco unas pocas excursiones y un crucero modesto por el Adriático. Sin embargo, como periodista primero y como novelista después, ya nunca dejó de navegar. En junco, en fragata, en bergantín, en galeón y en canoa, por el golfo de Bengala, el mar de la China o de las Antillas, por el rio Orinoco y el padre Nilo, por el Ártico... Navegó ya toda su vida por el azul de los atlas y las ilustraciones coloreadas de las enciclopedias. Hay poetas de lo íntimo que escriben hacia adentro y poetas de lo exótico y remoto, que escriben hacia fuera y a lo lejos. A esta última tripulación perteneció Salgari y no seré yo quien le hubiera querido de otro modo.

Casi desde sus comienzos como cronista y novelista, Salgari obtuvo un notable éxito de público. En sus últimos años, era el escritor con mejores ventas de Europa: algunas de sus ochenta y cuatro novelas superaron la cota hasta entonces desconocida de los cien mil ejemplares y tuvo multitud de imitadores, como Luigi Motta o sus propios hijos. Sin embargo, Salgari vivía acosado por la penuria, trabajando como un forzado de la pluma para editores que le estafaban con impávida constancia. Sus quejas al respecto recuerdan a las de tantos autores antes que él, empezando por las del muy pirateado Cervantes en El licenciado Vidriera. Fue esa explotación laboral, mientras luchaba por mantener a su mujer trastornada y a sus hijos pequeños, lo que finalmente le empujaron al suicidio. Esta solución trágica era la maldición de su estirpe, pues su padre se había suicidado también como luego hicieron dos de sus hijos. Pero en su caso, los que le empujaron a la muerte fueron quienes le robaban impunemente el fruto de su trabajo. Un dia se hartó, cogió uno de los yataganes modelo Sandokán que coleccionaba y se hizo el hara-kiri, no sin dejar una nota para sus verdugos: "A vosotros, que os habeis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación de las ganancias que os he proporcionado os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma". Tenía cuarenta y nueve años. No deja de ser triste que hoy, cuando ya los escritores parecían haber conseguido asegurar razonablemente sus derechos, las nuevas tecnologías brinden a otros desaprensivos posibilidades de reinventar el viejo expolio...

Leí en mi infancia mucho a Salgari en los pequeños volúmenes editados por Saturnino Calleja. Los compraba en la librería Paternina de la calle Fuenterrabia, frente a mi casa en San Sebastián. Rebuscaba en la trastienda, tratando de hallar alguno para mí desconocido todavía, cosa cada vez más difícil. Mi madre aguardaba para pagar ante el mostrador, repitiendo: "¡sólo uno! ¡no cojas más que uno!". Hace bastante más de medio siglo... Y ya se ha borrado casi todo, empresas, amores, ilusiones. También argumentos y psicologías de libros sesudos que me recomendaron como imprescindibles. Pero no olvido los mares y las selvas de Salgari, sus peligros y travesías que me educaron, sus tigres y sus árboles gigantescos en cuyo tronco hueco podía refugiarme. ¡Y la Montaña de Luz!

viernes, 25 de febrero de 2011

Por qué escribo JESÚS RUIZ MANTILLA 02/01/2011

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Algunos llegaron a la literatura por vocación, por el placer de la lectura y para emular a los autores que admiraban. ahora crean por necesidad vital o simplemente lo hacen por dinero. cincuenta autores de renombre nos desvelan los secretos de su obra, los motivos por los que dedican sus vidas a la escritura.

En el principio fue el verbo... Así lo recoge San Juan en su Evangelio. La palabra que conforma el mundo, el nombre que lo explica todo. Puede que no fuera tal, puede que antes del verbo existieran cielos, mares, noche, día, estrellas, firmamento. Pero si nadie sabía cómo nombrarlos, no eran nada, absolutamente nada. Así que al principio fue el verbo, como bien dejó escrito Juan. Y a ese verbo bíblico le siguió la épica de Homero, la duda de los filósofos, la intemperie y el poder de los dioses, el amor y la guerra que nos relata la Iliada y después el delirio del Quijote y luego la soledad de Macondo.

Puede que después de episodios narrados como aquellos no hiciera falta nada más. Pero a los clásicos, que montaron todos los cimientos del templo, siguieron más generaciones -"el eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición", de la que alerta Vila-Matas-, algunas nuevas preguntas para cada era, nuevos problemas y por tanto conceptos nuevos, palabras nuevas. Detrás de su registro se escondía un escritor. ¿Por qué?

¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias. Por dar testimonio, porque no se sabe bien escribir, confiesa John Banville. Porque leyeron, padecieron y miraron cara a cara a la muerte.

Porque el verbo provoca desasosiego en Nélida Piñón, porque no se elige, como un amor, añade Amélie Nothomb. Por ser el masoquista que uno lleva dentro, aduce Wole Soyinka, por los arroyos y los torrentes de los libros leídos, cuenta Fernando Iwasaki, como forma de existencia, según Elvira Lindo. "Una manera de vivir", que dice Vargas Llosa parafraseando a Flaubert. Para sentirse vivo y muerto, proclama Fernando Royuela, igual que uno respira, suelta entre interrogaciones Carlos Fuentes. O para sobrevivir a ese fin, "a la necesaria muerte que me nombra cada día", testimonia Jorge Semprún.

La escritura es dolor y placer. Como el cuento, como la retórica aristotélica, se arma, se aprende. Principio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. También lo sabía Kafka. Pero el escritor checo pregunta: ¿Y al final? Quizás silencio, como interpreta de su obra George Steiner, con buen tino, oliéndose el apocalipsis de la destrucción europea.

Como testimonio también se mete uno entre papeles. Por el mismo motivo que Ana Frank comenzó a organizar su diario. O que la poeta rusa Anna Ajmatova, cuando se pasó 17 meses en las filas de las cárceles de Leningrado para ver a su hijo, respondió a una mujer que la reconoció y le preguntó si podría describir aquello que sí, que lo haría. "Entonces", dice Anna en Réquiem, "una especie de sonrisa se deslizó por lo que alguna vez había sido su rostro". Eso fue suficiente motivo. La emoción de la verdad, la justicia de dejar constancia. Para que otros quizás lo apliquen a su presente, para que no se vuelva a repetir.

Pero Anna Ajmatova confesó además que escribía por sentir un vínculo con el tiempo. También lo hizo por amor, por miedo al amor, por desgarro. En honor a las musas, como Shakespeare, "ese goloso de las palabras", a juicio de Steiner, en sus Sonetos: "Mi musa por educación se muerde / la lengua y calla mientras se compilan / elogios que te visten de oropeles/ y frases que las otras musas liman". Una pieza que acaba con toda una declaración de intenciones y una respuesta al gran asunto de la escritura: "Si a otros por sus dichos los respetas, / a mí, por lo que pienso, que es mi letra".

Al principio fue el verbo. Pero Shakespeare o Cervantes lo enaltecieron, lo igualaron a la medida de Dios. Porque exploraron todos los delirios y las pasiones de sus criaturas. ¿Por qué escribir? Para emularlos, sin más, podría ser. "Para parecerme a Espronceda", como suelta Caballero Bonald. Escribir porque se medita, como Descartes, como Chesterton, cuya obra nos envuelve en una paradoja sin fin. Para adentrarse en los laberintos y no necesariamente querer salir de ellos, como Borges. "Porque estamos aquí, pero querríamos estar allí", dice Antonio Tabucchi. Por emular la infancia, cuando la niña Almudena Grandes enmendaba la plana a los finales que no le gustaban, por volver a inventar historias de indios, vaqueros y pitufos, dice David Safier, porque a la hora de hacerlo, "disfrutar es una palabra que se queda corta", confiesa Ken Follet.

Para fijar la memoria, una forma de "hacer surgir los recuerdos y las imágenes", cuenta Álvaro Pombo. Para volver a vidas anteriores, a las lecturas y los tumbos que cada uno lleva en la mochila, según Arturo Pérez-Reverte. Como vicio solitario, describe Héctor Abad Faciolince, porque uno no se encuentra bien, asegura Juan José Millás. Por afición o por aflicción, que dice Gonzalo Hidalgo Bayal. O porque le gustaban las redacciones en el colegio, como descubrió Antonio Muñoz Molina. Y hasta hoy.

La palabra es agua y cada historia, el río que las lleva. El escritor es quien domina la corriente, como hicieron Dostoievski, Balzac, Galdós, Clarín, Dickens, Flaubert, Tolstoi, que siguió la estela épica de Homero como nadie. O contracorriente, como luego vinieron a hacerlo Marcel Proust, James Joyce, Valle-Inclán. Sin duda, hay que enfrentarse a ello, como dice Josep Pla en su Diccionario de Literatura, "con temperamento". O con el empeño de conocerse, a la manera de Montaigne y los grandes memorialistas posteriores del siglo XVIII, entre la verdad y la exageración pero con talento, como Casanova.

El juego, la tortura de la palabra también es lícita. Pero eso es más cometido de los poetas, como admitía Jaime Gil de Biedma. Para él, escribir era "erosionar el idioma en la forma que el idioma lo admite". Es decir, maltratar el verbo, fustigarlo, estrangularlo. Pero para resucitarlo después, como el Evangelio. A lo largo de la historia, el escritor ha visto crecer Babel y ha contribuido a entenderlo. Pero hubo también un tiempo, en el siglo XX, que lo aniquiló, que se arrojó al apocalipsis con la II Guerra Mundial. Disfrutemos en esta nueva era. Todos los motivos, todas las respuestas que se les ocurran a quienes deben contar nuestra historia son válidas.

Héctor Abad Faciolince

Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque el papel es un filtro, una coraza, entre mis palabras y los ojos del otro. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Porque mientras escribo puedo corregir, escoger una por una las palabras y nadie me interrumpe ni se desespera mientras las encuentro. Por un ameno vicio solitario.

John Banville

Escribo porque no sé escribir. Un periodista le preguntó una vez a Gore Vidal por qué escribió Myra Breckinridge, a lo que contestó: 'Porque no estaba ahí'. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente. Y además, la realidad no es real para mí hasta que no se haya pasado por el tamiz de las palabras. Por eso, supongo que escribo con el fin de imaginarme la realidad totalmente real. El arte crea la vida, dice Henry James, y así es.

Felipe Benítez Reyes

Si a alguien le preguntan por qué escribe, lo normal es que recurra a una frase más o menos ingeniosa, y casi todas las frases ingeniosas contienen un grado oscilante de falsedad, porque el ingenio suele implicar una ligera alteración del sentido en beneficio de la formulación misma. No sé por qué escribo, ni tampoco tengo demasiado interés en saberlo. En este caso, me preocupa más el cómo que el porqué. La pregunta me parece ociosa, de modo que cualquier respuesta posible no pasaría de ser una pirueta truculenta en el vacío. Aunque -quién sabe- a lo mejor escribe uno para eso: para obtener respuestas sin el requisito de una pregunta previa y, sobre todo, para ensayar piruetas truculentas en el vacío, que es un territorio literario bastante fértil.

John Boyne

Como la mayoría de los escritores, no escribo porque lo haya elegido; escribo porque tengo que hacerlo. Escribo porque estoy tratando de entenderme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací, la explicación de por qué moriré, y descubro que solo puedo hacerlo entrando en un universo habitado por personajes que nacen de mi imaginación. Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Toibin. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.

José Manuel Caballero Bonald

Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Ya lo he contado por ahí alguna vez. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido las grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue guardia de corps y diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien, como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía. Luego, con los años, la afición por la lectura me fue activando una discontinua dedicación a la escritura. Y así hasta hoy.

Andrea Camilleri

Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central.

Escribo porque no sé hacer otra cosa.

Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos.

Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido.

Escribo porque me gusta contarme historias.

Escribo porque me gusta contar historias.

Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza.

Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.

(Traducción de Carlos Gumpert)

Luisa Castro

La escritura para mí es una rendición. No soy una escritora con método; se me caen muchas cosas de las manos. Solo progresa la escritura que previamente se ha ido gestando dentro de mí, a veces contra mí. Escribo para conocer esos relatos, para descubrirlos. Me los cuento a mí misma. Me asombro, me indigno, me río, lloro y pataleo. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto es porque me han vencido. No hay otra razón.

Lucía Etxebarria

1. Para que me quieran más como Bryce Echenique. 2. Porque cada vez que alguien me dice " tus libros me han ayudado mucho, por favor sigue escribiendo", me da una razón para hacerlo.

3. Para entenderme a mí misma. 4. Porque disfruto mucho haciéndolo. 5. Porque al colocar a personajes en situaciones que simbólicamente pueden representar aspectos de mi vida, y conseguir que salgan airosos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. 6. Para darles voz a personas cuyas historias nadie escuchaba 7. Porque es como enviar un mensaje en una botella: creo que quizá le llegue a alguien a quien no conozco, pero que lo entenderá. 8. Porque siempre lo he hecho, porque es natural en mí, y porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas. 9. Porque es una forma rentable y efectiva de exorcizar neurosis. 10. En parte, porque me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.

Umberto Eco

Porque me gusta.

Ken Follet

Cuando me levanto por la mañana en lo primero que pienso es en escribir la próxima escena de mi libro. Es con lo que más disfruto. Es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer bien. Disfruto escribiendo pero "disfrutar" es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Envuelve todo mi intelecto, mis emociones y comprende lo que sé del mundo y de cómo funciona el ser humano. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total.

Carlos Fuentes

¿Por qué respiro?

Almudena Grandes

Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

No estoy muy segura -dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo porque siento una necesidad insuperable de escribir. Para mí, la escritura es un impulso que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, algo parecido al hambre o la sed, que pueden proporcionar mucho placer, si se sacian, o mucho sufrimiento, si persisten, pero nunca dejan de ser dos necesidades, el hambre y la sed.

Mark Haddon

Ficción, poesía, teatro, pintura, dibujo, fotografía... en realidad eso no importa .

Un día que no consigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado.

Una semana sin crear algún tipo de arte me resulta sumamente dolorosa.

A veces puede parecer una bendición ser así, saber con tanta certeza lo que quiero hacer.

Pero a menudo es un sufrimiento porque saber lo que quieres no es lo mismo que saber cómo hacerlo.

Podría haberme dedicado a cualquier otra cosa salvo que no me siento en condiciones para ello.

Odio que me digan lo que tengo que hacer y cuándo tengo que hacerlo y, aunque disfruto en compañía, necesito pasar varias horas al día solo, únicamente pensando.

Por eso nunca he conseguido conservar un "auténtico" trabajo durante más de seis semanas.

¿Por qué escribo? La única respuesta es porque no puedo hacer otra cosa.

Gonzalo Hidalgo Bayal

"Por afición, por aflicción", escribí alguna vez. Por afición, porque es inclinación, necesidad, perseverancia y distracción. Por aflicción, porque solo el dolor y sus numerosas circunstancias proporcionan suficiente materia literaria in hac lachrymarum valle. En la afición se centra la relación con el lenguaje, que es, cuanto más intensa, más grata y divertida. La aflicción obliga, en cambio, a la búsqueda del sentido, si es que algún sentido tienen las desventuras de los hombres. Y, en fin, como antídoto contra el sinsentido y las sinrazones de la trama, tal vez también para no caer en las vanidades de la trascendencia, el virtuoso ejercicio de un séptimo sentido: el sentimiento del humor.

Fernando Iwasaki

Escribo porque leo y gracias a la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos. Escribo porque creo en la austera inmortalidad de la palabra escrita y en las bibliotecas como paraísos laicos. Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.

Use Lahoz

Es una pregunta trampa en cuya respuesta se funden el placer y la necesidad. Supongo que escribo porque adoro las sorpresas y vivir con intensidad. Nada hay más inalcanzable que lo vivido, y la escritura incluye a veces la quimera de atrapar el pasado junto a la posibilidad de soñar despierto. Trae implícita la aventura de revivir, de combatir el paso del tiempo. Escribir ayuda a comprender y a ordenar el desorden. Escribir equilibra. Escribo para encontrar sentido al sinsentido, y porque me permite sentir el placer de contar la realidad y lo que imagino. Y también porque en el acto de escribir interviene la memoria, la experiencia y la imaginación, bienes a proteger. Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que siga estudiando.

Donna Leon

Al principio, con los primeros libros, escribía para ver si podía hacerlo. Nunca había escrito un libro antes. Se me ocurrió la idea de escribir uno y por eso lo intenté. Después de todo, había leído muchos libros, por eso me parecía que el siguiente paso era escribir uno. Al final, resultó ser bastante más que un paso, pero a lo largo del proceso, resultó que escribir un libro era muy divertido.

Y por eso ahora, después de 20 años haciéndolo y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente; si hay un problema social que me indigna, puedo hacer que un personaje exprese una opinión. No es necesariamente mi opinión pero normalmente es una opinión firme.

Supongo que también hay un elemento de vanidad en ello. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.

Elvira Lindo

"Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, cuentos y sketches. A los 31 años comencé a escribir libros. Pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escucho, lo que me provoca asombro, alegría o desdicha es material para ser contado. Y esa actitud vital, la de formar parte de la comedia humana pero la de ser también espectadora de ella, ese estar fuera y dentro a la vez, me ayuda a asimilar la experiencia de una manera enriquecedora. Escribo todos los días. Cuando no escribo me siento una inútil, así que he llegado a una conclusión radical: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera".

Alberto Manguel

Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un moje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cinematógrafo y hacer una película, en blanco y negro, absolutamente realista de Alicia en el País de las Maravillas, hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën, hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.

Javier Marías

Como ya he dicho en muchas ocasiones, escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar.

También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado.

También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar.

Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la máquina que en cualquier otro lugar y circunstancia.

Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse "lo real".

Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.

Luisgé Martín

Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para explicar el mundo a los demás tal como yo lo veo, para cambiar el mundo, para vivir vidas que no he podido vivir, para enmendar la vida que sí he vivido, para curar mis culpas, para pasar a la posteridad, para sobrevivir a la muerte, para sentir, al menos durante un instante, que soy Dios. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: "Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo".

Luis Mateo Díez

Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no solo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. También escribo, igual que leo, para conocer gente, quiero decir que me siento haciéndolo inmerso en aquel callejón lleno de gente desconocida al que se refería Nemiroski. Siempre hay alguien esperándome, y solo en el relato de la vida encuentro lo más complejo del sentido de la misma. Además, los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir, tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.

Eduardo Mendicutti

También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acaban dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme... Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Así que escribo. Para inventarme inventando historias, para disfrutar del lenguaje, para compensar la timidez, para sacar los pies del plato, para que me lean. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.

Eduardo Mendoza

Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.

Ricardo Menéndez Salmón

Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más. Así, lo que nace como un gesto decepcionado, insatisfecho, acaba convirtiéndose en un acto agradecido, admirativo. De modo que una dolencia (escribo porque soy infeliz; escribo porque soy inconsolable; escribo porque no entiendo lo que me rodea) se acaba convirtiendo en una necesidad (escribo porque no me resigno a ser infeliz, inconsolable e ignorante).

Juan José Millás

Escribo por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien.

Rosa Montero

Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa del duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.

Luis Muñoz

Se me amontonan las razones. Son muchas más de lo que luego rinden. Creo que puedo distinguir razones de tipo general y razones particulares.

Entre las particulares:

-Por darle forma a una emoción concreta, por ejemplo a un pinchazo de belleza que me deja desorientado; el poema es en ese caso un intento de orientación, es la confección de un mapa que sitúa ese pinchazo con sus coordenadas y todo.

-Por hacerle un hogar de palabras a uno de esos pensamientos que uno cree que pueden ser salvadores; es como ponerle casa al pensamiento para hacer que viva allí, abrir ventanas, instalarle una cama, un baño, una cocina.

-Por ser vulnerable al contagio de otro poema que creo admirable y hacerme la ilusión de que puedo responderle, conversar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos.

-Por enseñarle a un amigo algo de lo que me sienta medianamente orgulloso; es cómo decirle mira, he encontrado este trozo de vida, lo he trabajado así, le he hecho esto, aquello, a qué no soy tan desastre.

Entre las razones generales, que funcionan sobre todo cuando no estoy escribiendo, o sea, antes y después:

-Por querer sentir mi tiempo, el rabioso presente, en el lenguaje.

-Por estar enamorado de la capacidad de las palabras por volver a decir la verdad.

-Porque escribir es el modo más fiable que conozco para distinguir lo que importa.

-Por el sentimiento de libertad que produce, toda esa explanada inmensa que significa escribir.

-Por darle forma a seres informes: embriones de voces, sentimientos, sensaciones, ideas.

Antonio Muñoz Molina

Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.

Julia Navarro

Para mí, escribir es una oportunidad de viajar al mundo de los sueños y de la imaginación; de inventar personajes y de vivir otras vidas; pero también de asumir compromisos, aunque a veces vayan envueltos con el papel del entretenimiento.

Andrés Neuman

Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque solo así puedo pensar. Escribo porque la felicidad también es un lenguaje. Escribo porque el dolor agradece que lo nombren. Escribo porque la muerte es un argumento difícil de entender. Escribo porque me da miedo morirme sin escribir. Escribo porque quisiera ser quienes no seré, vivir lo que no vivo, recordar lo que no vi. Escribo porque, sin ficción, el tiempo nos oprime. Escribo porque la ficción multiplica la vida. Escribo porque las palabras fabrican tiempo, y tiempo nos queda poco.

Amélie Nothomb

Me preguntan por qué elegí escribir. Yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí pero al menos, hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.

Arturo Pérez-Reverte

Escribo porque hace 25 años que soy novelista profesional, y vivo de esto. Es mi trabajo. Igual que otros pasan en la oficina ocho horas diarias, yo las paso en mi biblioteca, rodeado de libros y cuadernos de notas, imaginando historias que expliquen el mundo como yo lo veo, y llevándolas al papel a golpe de tecla. Procuro hacerlo de la manera más disciplinada y eficaz posible. En cuanto a la materia que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memoria. Muchas cosas no necesito inventarlas: me limito a recordar. Fui un escritor tardío porque hasta los 35 años estuve ocupado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aquellos años, narro mis propias historias. Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha contado lo que cuento.

Nélida Piñón

Yo creo con la esperanza de que la narrativa jamás me abandone, de que siga estando en todas partes. De que como compañera de mis días, irradie los caprichos humanos, los intersticios del misterio, frecuente en los puntos cardinales de mi existencia.

Escribo porque el verbo provoca en mí desasosiego, afila los mil instrumentos de la vida. Y porque, para narrar, dependo de mi creencia en la mortalidad. Con la fe en que una historia bien contada me arrebate las lágrimas. Sobre todo cuando, en medio de la exaltación narrativa, menciona amores contrariados, despedidas hirientes, sentimientos ambiguos, despojados de lógica. Escribo, en conclusión, para ganar un salvoconducto con el que deambular por el laberinto humano.

(Traducción de Carlos Gumpert)

Álvaro Pombo

Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte en el Flat A, que era el top flat con una cocinita y un cuarto de baño. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, artificiado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada. Querer decirlo era querer estar más cerca del ser que lo corriente. Aún no sé si estoy en lo cierto. Hablar es inmediato, como respirar. Escribir, mediato como el respirar del pranayama.

Benjamín Prado

Yo escribo por una sola razón: para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que "escribir es soñar / y que otros lo recuerden / al despertar", para que no me olviden, para que no nos callen y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.

Soledad Puértolas

Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores.

Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.

La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto.

Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.

En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos, escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.

Santiago Roncagliolo

Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más: no sé montar bicicleta, llevo un año tratando de sacarme el carné de conducir, no entiendo las declaraciones de Hacienda y, cuando se estropea el ordenador, la única solución que se me ocurre es llorar hasta que se arregle solo. Pero intentaré una respuesta más profunda:

Creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.

Pero además, escribir -como leer- te devuelve a la realidad mejor equipado para vivirla, con una comprensión mayor de lugares, personajes o sentimientos que no habrías visitado de otra manera. Y en ese sentido, no hace que la realidad sea más sensata, pero sí la vuelve un poquito mejor.

Fernando Royuela

Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar. La literatura es un vehículo fantástico para observar la realidad y descifrarla. Las palabras son los ojos del escritor. Escribir es saber mirar. Escribo para explicarme un universo inexplicable. Escribo para crear y descreer. Mediante la escritura invoco a los hombres y sacrifico a los dioses. Me río. Busco la belleza, también el horror porque escribir es descender a los infiernos y no salir indemne. Escribo para seducir, para subvertir, para sentirme vivo y muerto, para llorar, amar y maldecir. Escribo para no tener que aguantarme, para negar el mundo, para huir. Escribo porque me da la gana y me lo puedo permitir.

David Safier

¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba? ¿Inventando historias disparatadas con figuritas de indios, vaqueros o pitufos? ¿O simplemente imaginando en la bañera que era el capitán de un barco pirata que buscaba un tesoro en medio de la tormenta? ¿Se acuerda de cómo se sentía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increíbles aventuras haciendo de exploradores, cazadores o agentes secretos, luchando contra dinosaurios, monstruos o supermalos que querían destruir la tierra con rayos mortales? Pues bien, todo eso es lo que yo hago todavía. Jugar con mi imaginación. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco. Es lo que me gusta. Y por eso escribo. ¡Hay alguna otra cosa mejor!

Jorge Semprún

Si lo supiese, tal vez no escribiría. Quiero decir, si lo supiera con certeza, si a cada momento pudiese proclamar taxativamente, sin vacilar, por qué escribo, y para qué, para quién o quiénes, si así fuera, tal vez no escribiría. O sea, que escribo, en cierta medida, para encontrar respuestas al porqué. Escribir no es un acto reflejo, ni una función natural. No se escribe como se come o se ama. No se agota en el hecho de escribir el portentoso, o doloroso, o lo uno y lo otro, milagro de la escritura. No se agota, al escribir, el deseo inagotable de la escritura. Tal vez porque sea ésta la mejor forma de sobrevivir. ¿Por qué escribo? Tal vez para sobrevivir a la muerte, la necesaria muerte que me nombra cada día.

Wole Soyinka

Hace varios años, participé en esta misma experiencia con el periódico francés Libération. En aquella ocasión contesté: "Supongo que por el ser masoquista que llevo dentro de mí". Desde entonces, no he tenido ningún motivo para cambiar mi respuesta.

Antonio Tabucchi

Preferiría formular la pregunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con un punto de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Por qué tenemos miedo de vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Boudelaire: la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.

Andrés Trapiello

¿Para que escribe uno? Para responder sin afectación algún día esta pregunta. Lo natural es hablar, incluso cantar, pero no escribir. Poner las palabras por escrito en un libro es, decía Unamuno, una "tragedia del alma", y acaso se escriba por miedo a quedarse uno a solas con su dolor, como si escribir fuese un remedio, y no un veneno. Así lo siento yo también.

Kirmen Uribe

En noviembre de 2007 tuve la suerte de asistir como escritor invitado a la clase de escritura creativa de Anthony MacCann, en el CalArts de Los Ángeles. Anthony me contó que los mejores de cada promoción son fichados por las grandes productoras para trabajar como guionistas de series de televisión. Se hacen ricos. Los "peores", por el contrario, se dedican a la poesía.

Uno empieza a escribir en la tierna adolescencia por mímesis, porque quiere crear algo parecido a aquello que ha leído. Más tarde, en su juventud, cree que escribir puede hacer mejorar el mundo. Luego se convence de que el suyo es, al fin y al cabo, un oficio. Sin embargo, ahora mismo me doy cuenta que escribo, sencillamente, porque disfruto mucho haciéndolo. Me encanta quedarme solo y escribir. "Un solitario impulso de delicia" me lleva a escribir, como diría Yeats en su poema Un aviador irlandés prevé su muerte. Disfruto casi tanto como los "peores" de CalArts, que tumbados en el césped del campus con un libro en las manos, levantaban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Anthony, sería, sin duda, del grupo de los poetas.

Mario Vargas Llosa

Escribo porque aprendí a leer de niño y la lectura me produjo tanto placer, me hizo vivir experiencias tan ricas, transformó mi vida de una manera tan maravillosa que supongo que mi vocación literaria fue como una transpiración, un desprendimiento de esa enorme felicidad que me daba la lectura.

En cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de esa lectura, que para mí sigue siendo la experiencia máxima más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración. Por otra parte, escribir, que al principio es una actividad que incorporas a tu vida con otros, con el ejercicio se va convirtiendo en tu manera de vivir, en la actividad central, la que organiza absolutamente tu vida.

La famosa frase de Flaubert que siempre cito: "Escribir es una manera de vivir". En mi caso ha sido exactamente eso. Se ha convertido en el centro de todo lo que yo hago, de tal manera que no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura.

Juan Gabriel Vásquez

Escribo porque me irrita y me entristece el desorden del mundo, y descubrí hace mucho tiempo que en la buena ficción el mundo tiene un orden o su desorden tiene un sentido. Escribo porque mi inteligencia es limitada y sólo soy capaz de entender lo que viene en palabras. Escribo, por lo tanto, porque no entiendo o porque ignoro: "escribe sobre lo que conoces" me parece el consejo más idiota del mundo, porque se escribe, precisamente, para conocer. Escribo porque no he encontrado otra manera de vivir varias vidas, de ser varias personas, sin hacer daño o poner en riesgo a los que me rodean (y aun así les he hecho daño muchas veces, muchas veces los he puesto en riesgo). Escribo porque, como leí en alguna parte, la imaginación transforma la experiencia en conocimiento.

Manuel Vicent

Si esta pregunta se me hubiera formulado hace muchos años, cuando empecé a escribir, mi respuesta habría sido más romántica, más literaria, más estúpida. Probablemente habría contestado que escribía para crear un mundo a mi imagen, para poder leer el libro que no encontraba en mi biblioteca, para no suicidarme, para enamorar a una niña, para influir en la sociedad o tal vez cínicamente porque no servía para nada más, ni siquiera para arreglar un enchufe. Sin olvidar lo que este oficio tiene de vanidad y de narcisismo, a estas alturas de la profesión creo que escribo porque es un trabajo que me gusta, que unas veces me sale bien y otras mal, pero en cualquier caso la literatura ya forma parte de un mismo impulso vital que me sirve para sentirme a gusto todavía en este mundo, sin que espere gran cosa de su resultado.

Enrique Vila-Matas

Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Juan Eduardo Zúñiga

El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas ..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.